ResistenciaMin. 6° • Max. 17°

El Clan Kiefeld

Por Marcos Misiaszek- Miguel Kiefeld y su hermano Matías eran rumanos que se vinieron a vivir al Chaco, como algunos de los extranjeros que escaparon de la difícil situación que se vivía en Europa con las dos guerras mundiales, se asentaron en Pampa del Infierno.

Miguel estaba casado con una tal Margarita Schmidt, con quien tuvo dos hijos, Jorge y Juan Matías. Matías, hermano de Miguel, vivía con ellos ya que había enfermado gravemente y necesitaba de cuidados particulares. Falleció poco después de asentada la familia.

Corrían los años cuarenta y la precaria vivienda de los Kiefeld apenas lograba sostenerse, el clima seco no ayudaba en las tareas agrícolas y pronto la escasez de dinero empezó a hacer mella en la familia. El 21 de agosto de 1944, Jorge Kiefeld se casó con Teodora Daivele, ambos tenían 21 años. Miguel no estaba contento con la unión, a pesar de que no se opuso al casamiento. Pero no tardó en notarse que al rumano su nuera no le caía del todo bien, tanto así que vecinos de la zona decían que “maltrataba a la muchacha y que Jorge hacía muy poco para interponerse”. Miguel tenía poder absoluto sobre toda la familia, todos los que vivían bajo su techo sufrían por igual sus maltratos y arranques de ira. Cuando Teodora quedó embarazada Miguel la recriminó, en principio por cuestiones económicas ya que aquello significaba nuevos gastos y los Kiefeld apenas lograban sostenerse. Los maltratos se intensificaron.

Viaje y muerte

El 19 de febrero de 1945, la familia decidió viajar a Campo Largo, una localidad a 45 kilómetros de Pampa del Infierno, para visitar a unos supuestos amigos de la familia. Fueron Miguel, su esposa Margarita, los hijos de ambos y Teodora, pero algo pasó en el camino.

Cuando los Kiefeld regresaron del viaje, lo hicieron sin Teodora. La familia explicó que la pobre muchacha había fallecido en camino a Campo Largo por la inesperada picadura de una Yarará.

Un médico de Campo Largo había examinado el cadáver de Teodora y confirmó que la muchacha efectivamente murió por la letal “picadura de una Yarará”.

El caso se cerró y Teodora fue enterrada en un cementerio de Campo Largo. Pareciera ser que nadie reclamó por la muchacha.

No se habló más del tema. La trágica muerte de Teodora quedó solamente como una triste anécdota por los pobladores de la zona.

15 días habían pasado de la muerte de Teodora Daivele, de la cual casi ya no se hablaba, cuando el Jefe de la Subcomisaría de Pampa del Infierno, Horacio Antonio Frisone, recibió una carta anónima en la que se denunciaban los maltratos de Miguel Kiefeld hacia Teodora, incluso la misiva hacía hincapié en el odio visceral hacia aquella muchacha que había cometido el terrible error de casarse con su hijo. El autor del anónimo solamente informaba que era un amigo y confidente de Teodora y aconsejaba al oficial que se investigue con mayor profundidad su muerte, y qué fue lo que realmente pasó en ese viaje a Campo Largo.

Sospechas e investigación

El oficial Frisone sabía, como el resto de los pueblerinos, que Teodora había muerto por la picadura de una yarará ya que así lo anunciaba el médico de Campo Largo, de todas formas, y sin mayor información pero con la impronta de investigar una muerte que ahora le parecía dudosa, e impulsado por un particular olfato investigador, quiso saber cómo fueron los últimos días de la muchacha junto a los Kiefeld.

La atención de Frisone se centró entonces en Miguel. Supo que el hombre era rumano, “de carácter fuerte y dominante, fanático de las costumbres extranjeras” y poco comunicativo. Los vecinos de la zona lo conocían de vista y pocos habían tratado con él, era un personaje difícil de desentrañar.

Recorriendo la zona, el oficial dio con una mujer que conocía a Teodora, esta vivía a unos 20 kilómetros del pueblo, y luego de un intenso interrogatorio terminaría confesándose como la autora de la carta anónima. La mujer hizo hincapié en los maltratos de Miguel para con Teodora y cuando el oficial le preguntó sobre el marido, Jorge, ésta le dijo que era “un buen muchacho” pero que no podía con el genio de su padre y que Miguel debía ser investigado con minuciosidad.

Con esos datos, el investigador se dirigió a la vivienda de los Kiefeld. Se encontró con una casa que según los medios locales, apenas se mantenía en pie. Dejó el carruaje a unos 300 metros del lugar y observó los movimientos de la familia desde esa distancia. Los notó nerviosos, Miguel vociferaba y todo el hogar estaba repleto de movimientos tensos. Algo pasaba.

Frisone decidió finalmente acercarse. Ese nerviosismo del principio se transformó en una tensa rigidez en los movimientos de los Kiefeld, en sus gestos, en las toscas palabras.

Todos enmudecieron al ver al oficial. El ruido del monte y los crujidos de la madera de la casa, era lo único que se escuchaba, todo lo demás parecía muerto.

El oficial inició el interrogatorio preguntando principalmente por Teodora y su trágico destino. Las respuestas de Miguel fueron de casi absoluta indiferencia, como minimizando la muerte de la pobre muchacha. Frisone dirigió entonces su interrogatorio a los hijos Jorge y Juan. Ambos colaboraron, pero antes de responder miraban a su padre como esperando su aprobación. Al oficial todo le parecía demasiado sospechoso.

Detención de la familia

Por este motivo el Frisone decidió detener a la familia, el único que no terminó en la comisaría fue uno de los hijos de once años que fue enviado a la casa de un vecino. El personal policial dio entonces lugar a un nuevo interrogatorio. Esta vez y bajo las presiones de los oficiales, Miguel Kiefeld terminaría confesando un homicidio, Teodora Daivele había sido asesinada. ¿Pero cómo?

El rencor que había definido a Miguel por varios años ya era insoportable, Teodora era un gasto, una cosa que sobraba, y cada día recriminaba a su hijo por haberse casado con ella. La idea del homicidio empezó a germinarse en su cabeza y como un frío y calculador asesino, planeó lo que para él fue el crimen perfecto. Nadie iba a dudar de su versión de la “inesperada” picadura de la yarará, algo bastante común para quien se aventuraba en aquellos montes, solo era cuestión de planificarlo todo. Después de todo no sería la primera vez.

El crimen

Cierto día Miguel les dijo a sus hijos que cacen una Yarará y que se la traigan viva en un frasco. La voluntad de los hijos Kiefeld parecía anulada con el poder de convicción del padre, así que se dispusieron a la tarea sin rechistar.

Así se programó el viaje. El matrimonio Kiefeld, los hijos y la nuera, partieron un 19 de febrero camino a Campo Largo. Todos conocían el plan, todos menos Teodora, por supuesto. Sólo era cuestión de esperar el momento indicado. Mientras tanto, en un frasco oculto, la serpiente esperaba enroscada su oportunidad para atacar. En cierto punto del viaje, luego de haber hecho un largo trayecto, el carruaje se detuvo.

Miguel, hijos y Teodora se apearon del carro con el fin de hacer una fogata. Era el momento perfecto, no había nadie alrededor. La Yarará se retorció en el frasco, las llamas danzaron, las miradas se cruzaron mientras los hermanos esperaron la señal. Entonces el frasco apareció ante todos, la serpiente se retorció otra vez. Los hermanos Kiefeld sujetaron a Teodora con fuerza, ésta gritó. Su mirada ahora estaba fija en aquel frasco, en el reptil amenazante enroscado en sí mismo.

Los gritos resonaron en la inmensidad mientras la obligaron a meter la mano en el frasco. Su suerte estaba echada, no podía luchar contra la fuerza de aquellos tres hombres que la retenían y la empujaban a su muerte. Su mano se acercó al reptil, lo tocó, sintió su piel y luego, los colmillos inyectándose en su carne. Nuevos gritos, nuevos silencios.

El carruaje se puso en movimiento. Atrás quedó la fogata consumiéndose, el frasco vacío en el suelo y su contenido escurriéndose oculto en la espesura del monte.

“El crimen perfecto”, esa era la premisa. Miguel Kiefeld programaba muertes que para la época eran indiscutibles a primera vista. Aquella no sería su primera víctima, Teodora solamente era una más, una más que se cruzó en su camino como otros.

El problema para los Kiefeld fue que Teodora no murió inmediatamente como tal vez pensaban que sucedería, el efecto del veneno tardaba en iniciarse.

No está del todo claro quién decidió el accionar siguiente, aunque es casi seguro que fue Miguel el que se convenció de no retrasar lo inevitable. Era necesario poner fin de una vez a la vida de Teodora como fuera. Se olvidaron por completo del efecto del veneno, no podían esperar más, la cosa se había retrasado lo suficiente. Por eso, utilizando un pañuelo la estrangularon.

Miguel no se preocupó demasiado por aquel detalle, Teodora estaba finalmente muerta y a pesar de las marcas en su cuello, él se encargaría de asegurar que la culpable de aquel trágico suceso fue la yarará que la atacó sorpresivamente cuando se detuvieron a encender una fogata. Fue tan convincente que nadie dudó de su palabra, después de todo las marcas del ataque del reptil lo evidenciaban.

El oficial Frisone, luego de conocer la historia, se puso en búsqueda de la escena del crimen. Recorriendo los caminos de la zona se encontró con restos de una fogata pero sobre todo, y lo que haría asegurarle que estaba sobre la pista correcta, dio con el frasco vacío que contenía a la serpiente.

La muerte de Matías Kiefeld

Mientras la familia Kiefeld permanecía detenida, el oficial Frisone continuó investigando a Miguel. Se topó entonces con una historia que todos los vecinos de la zona conocían a medias y que finalmente quedó como “mala fama” de los Kiefeld, pero nada que podía ser comprobado.

Se sabía que Matías, hermano de Miguel, había fallecido un 4 de septiembre de 1944 y que, según un médico de Pampa del Infierno, la causa fue una hemiplejía (parálisis causada por lesión cerebral). Pero el carácter investigador de Frisone fue un poco más allá. El oficial supo que Miguel se había hecho cargo de su hermano luego deque éste enfermara y que se lo había llevado a vivir con el resto de la familia.

Por la muerte de Matías, Miguel Kiefeld obtuvo bienes del fallecido cosa que hizo al investigador indagar un poco más en las causas de la muerte.

Luego de un intenso interrogatorio, Miguel terminaría confesado otro homicidio, el hombre también habría asesinado a su hermano envenenándolo porque cuidarlo le producía muchos gastos. Pero esta no sería la última muerte que confesaría el prolífico asesino rumano.

Susurros en la noche

El oficial Monzón lo escuchaba, Miguel Kiefeld parecía hablar en sueños desde su celda en un idioma que él no entendía. Aquellas eran celdas continuas, toda la familia se encontraba allí. Con la ayuda de un hombre de apellido Metawer, que entendía el casi desconocido idioma del asesino, pudieron traducirse las palabras de aquellos sueños: “que se cuiden muy bien de contar algo de lo ocurrido en Charata, puesto que han pasado muchos años y no lo pueden comprobar”. Miguel les hablaba a sus familiares, pero ¿qué había sucedido en Charata?

El tercer asesinato

Nueva investigación, nuevas preguntas. Esta vez fue la mujer de Miguel, Margarita Schmidt, la que confesó que su marido, hacía unos 14 o 15 años, dio muerte a un peón de su chacra de un hachazo en la cabeza.

Miguel habría enterrado el cadáver en un algodonal a cierta distancia del rancho que ocupaban. El asesino terminaría confesando el crimen, pero en esta ocasión sostendría que lo hizo porque el peón se propasó con su mujer.

Los oficiales se dirigieron entonces a Charata y dieron con el rancho que se encontraba abandonado y con las indicaciones de Miguel realizaron una excavación en la zona donde el asesino habría enterrado el cuerpo. Efectivamente, allá al fondo en la oscuridad húmeda de la tierra encontraron los viejos huesos del peón asesinado. La calavera evidenciaba una profunda fractura; aquel golpe había sido la causa de la muerte, las confesiones de Schmidt y Kiefeld eran verídicas.

La historia de Kiefeld recorrió el país y el apellido del oficial Frisone pronto fue conocido por todos. Los crímenes de Kiefeld ocuparon páginas enteras de diarios y dieron de qué hablar a la opinión pública. De repente el Chaco estaba en el boca a boca de las crónicas policiales de la época. En esta nota traemos al recuerdo un personaje que permaneció, hasta hoy, escondido en hojas amarillentas de publicaciones periodísticas y libros, únicamente al alcance de aquellos que se ocuparan de desempolvar viejas publicaciones y libros ya olvidados.

(Bibliografía: Julián Vallejos, Sucesos Policiales. Archivo Histórico Monseñor José Alumni)

Te puede interesar