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Reconstrucción de la Ciudad Vieja de Varsovia

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Canaletto, “Vista de Varsovia”, 1775.

-Me deslicé entre las piedras —dijo Lucjan— bajando hasta llegar a una madriguera limpia donde encontré un suelo cubierto con un hule y una barra de pan entera en una balda de madera. Tomé el pan y empezaba a escalar a la superficie cuando oí una voz, "No tengo gran cosa. Sírvete tú mismo". La voz hablaba sin sarcasmo. Me di vuelta para ver a un hombre sentado en el suelo, en la penumbra, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra la pared. Su generosidad me hacía sentirme tan avergonzado que quise arrancarle la cabeza, tirarlo al suelo. Pero en lugar de eso, le hinqué el diente al pan allí mismo, frente a él, me lo metí en la boca a grandes bocados hasta que solo quedó un pedazo. Él seguía sin moverse. Seguía sentado, observándome. De verdad que me daban ganas de darle un tortazo, pero también sentía curiosidad, Así que me quede allí, mirándolo. Finalmente, me dijo: "¿Vas a quedarte ahí toda la noche?". "¿Qué estabas haciendo cuando entré?". pregunté yo. "Pensando". "¿En qué estabas pensando?". "En la ciudad. En la calle Nowy Swiat". Empecé a escalar hacia afuera. "Espera", me dijo. "Eres fuerte como un buey, como dos bueyes. ¿Por qué no nos ayudas? Me aseguraré de que te den de comer. Una barra entera de pan y un cupón para conseguir zapatos". Sacudí la mano para hacerlo callar. "¿No quieres ayudarnos? Nos levantaremos de nuevo, ya lo verás. ¿Estás completamente seguro de que no quieres ayudarnos?". Me miró fijamente. Y entonces lo comprendió todo. "¿Eres judío?". Nos quedamos mirándonos el uno al otro mucho rato, a lo mejor un minuto entero. Hasta que (¡qué asco!), se me llenaron los ojos de lágrimas, pero ni así aparté la mirada. "Ah", dijo él, y por fin desviò los ojos. Y ahí es donde sentí el poder que da apartar de ti a la gente. Verle bajar la mirada me produjo satisfacción y una tristeza desgarradora. "Tendrá pan a diario?". "Sí". "¿Sólo por cargar cosas?". "Sí". Volví a la habitación y me comí el último trocito de corteza que le había dejado. Me comí todo lo que tenía y no le dejé nada, ni una miga.

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—Quienes tenían zapatos trabajaban entre los escombros. Quienes no los tenían ayudaban dibujando nuevos planos. No se decía, pero todos los que estaban trabajando en la retirada de escombros lo sentían: que cuando se reconstruyera Varsovia, volverían los muertos. No sólo los muertos, sino también fantasmas mortales, fantasmas de carne y hueso.

Después de la guerra se decidió que el distrito más antiguo, la Ciudad Vieja, sería reconstruido, no sólo construido de nuevo, sino que sería... una copia exacta. Cada dintel y cada cornisa, cada pórtico y cada grabado, cada farola. Ya puedes imaginarte el debate. Pero al final, se llegó a un acuerdo: incluso quienes disentían comprendían aquella necesidad.

Biegansky, Zachwatowicz, Kuzma, y los demás basaron sus planos para la reconstrucción de la Ciudad Vieja (del mercado y de las calles Piwna y Zapiccek) en los cuadros de Canaletto de la Varsovia del siglo XVII, en fotos y en los ejercicios de dibujo de los alumnos del profesor Sosnowski en la politécnica. Cuando se murió Sosnowski, en el asedio de 1939, la escuela de arquitectura siguió adelante en clandestinidad. Los estudiantes salían sigilosamente a la calle a dibujar un cuidadoso inventario de monumentos, estatuas y edificios. Estos bocetos se escondieron en los sótanos de la universidad. Y en 1941, cuando se incendió la universidad, los dibujos se salvaron, Estaban escondidos entre un montón de documentos legales, se sacaron de la ciudad de contrabando y se entregaron a la custodia de los muertos; es decir, se escondieron en una tumba del monasterio de Piotrków. Los estudiantes del profesor Lorentz asaltaban las ruinas del castillo real por la noche para poner a resguardo cualquier detalle arquitectónico: las puertas de la capilla forradas de madera, trozos de murales de escayola y chimeneas de mármol, marcos de ventanas, miles de porquerías y trastos.

Esto lo sé porque me reclutaron, era pequeño y rápido, y no tenía a nadie que se preocupara por mí. De tal manera que tenía mi utilidad. Por la noche me apuntaba a estas cacerías de carroña, y después me daban de comer. Recogía picaportes, pedazos de herrería y adornos de piedra a cambio de pan y cobijo. Aprendí mucho escuchando a aquellos estudiantes acerca de todo tipo de temas. Nadie me prestaba la menor atención, yo sólo tenia doce años. Escuché muchas conversaciones ajenas, sobre la democracia, sobre el peso que podían aguantar tales muros, sobre los libros que había que leer, y que si una mujer está presente siempre hay que ofrecerle el primer trago de la petaca. Debió haber muchas sugerencias útiles sobre sexo si hubiera sabido de qué estaban hablando. Cuando vivía entre los estudiantes de la politécnica había tantas líos, las pasiones eran tan fluidas, tan desordenadas, tan adultas; yo lo veía suceder a mi alrededor y solo más tarde, cuando me hice mayor, empecé a participar yo mismo en ellas. Y mucho después, ya en la veintena, volví a escuchar las conversaciones ajenas, las de la tribu teatral de Ewa y Pawel, toda aquella gente buscando un hogar. Con los politécnicos solía sentarme en una esquina a escuchar y en cuanto me daban mi pan me quedaba dormido, pero nuca me echaron. Les debo tanto a aquellos estudiantes, mucha gente cuyos nombres nunca supe. Me lo enseñaron todo. Qué leer y cómo discutir sobre lo que habías leído. Cómo mirar un cuadro. Toda una formación.

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Vista del centro histórico de Varsovia.

Pero para mí el más importante de todos los politécnicos era un estudiante llamado Piotr. Su padre era británico y todo el mundo se reunía en torno a él para aprender unas cuantas palabras inglesas. Creo que todo el mundo se sentía como yo, inclinados hacia delante para agarrar las sobras, hambrientos por un mundo exterior. Lo primero que nos enseñó fueron los nombres de los barcos, porque a él le encantaba navegar: sampán, yate, barco de remo, ferry, vapor. Esto no era ni polaco ni ruso, sino un idioma de escape, amargo y limpio. Casi cualquier palabra inglesa podía pronunciarse con los dientes apretados. No había jsz ni cj donde la determinación pudiera aflojarse. 

La posesión más preciada de Piotr era un diccionario polaco-inglés que tenía el tamaño de un pequeño ladrillo, y todo el mundo quería tomarlo prestado. Lo podría haber intercambiado por un precio desorbitado, por un abrigo, por una manzana. Pero en lugar de eso lo trajo adonde yo dormía, en el suelo, y lo deslizó debajo de mi cuerpo. Me desperté porque se me estaba clavando en la espalda. Dentro había una nota, en ingles: "No dejes de correr hasta que no te sepas todas palabras". Cuando fui a darle las gracias, me apartó empujándome suavemente, como un hermano mayor. Me dijo: "Ahora quiero lo polaco, solo Polonia", y me señaló a una chica con la cabeza. Esa mirada fue mi primer balbuceo verdaderamente sexual. Lo sentí en él, ese deseo airado, la insaciable humildad del deseo: insaciable, página 467. Memoricé el número de página de muchas palabras, una seguridad doble de que no se perderían. Recordadas doblemente. Unos días después, Piotr y su chica resultaron muertos en un asalto al castillo, mientras cargaban entre los dos un trozo de piedra. Un chico que estaba también allí había salido corriendo; cuando regresó al lugar, ellos seguían ahí. Volvió corriendo al escondite y se lo contó a los demás, retorciéndose las manos, presa de la culpa, "dalej tam lezaily, dalej tam lezaly". Por la noche los muertos quedaban esparcidos, desparramados, "siguen ahí, siguen ahí", a veces en la oscuridad, sin que se viera una sola gota de sangre, como si hubieran sido abatidos por la misma luna. Después de aquello todos los días leía media página de aquel grueso libro inglés, como si estuviera construyendo mi pequeño monumento. Cada palabra que digo, cada palabra inglesa que es como una esquirla de ese diccionario de ladrillo, la digo en recuerdo de él, y por eso intento tener cuidado. Está en el cajón a tu lado —dijo Lucjan, inclinándose hacia la mesa de noche y poniendo el diccionario sobre el regazo de Jean.

Al principio, Jean, profundamente perdida en la historia, apenas podía creer que fuera cierta, conjurada como un truco de mago, pero tomó el sólido libro, con su lomo roto y sus tapas corrientes, sucias, descoloridas, y sintió un pequeño sobresalto, como si Lucjan hubiese hecho aparecer una rama de la zarza ardiente o una piedra de Nínive.

—Sin embargo, Janina, lo que quiero decir es esto. ¿Quién puede decir que la ciudad reconstruida valiera menos o más que la original? ¿Solo el deseo determina el valor? No lo sé. El pan sin duda importa menos al hombre que acaba de comer. Es como la desagradable ironía de aquellas bombas incendiarias alemanas que lograron revelar los muros de la ciudad medieval en las calles de Podwale y Brzozowa. Un yacimiento arqueológico del que nadie supo a hasta que no estallaron aquellas bombas.

Cuando la reconstrucción de la Ciudad Vieja hubo terminado, la gente temblaba al verla. Al principio miràbamos la Krakowskie Przedmiescie desde la periferia, con miedo de entrar en el espejismo y que nos tragara. Pero después de que unos pocos se aventuraran al interior sin desaparecer, los espectadores, todos nosotros, nos desparramamos sobre la Ciudad Vieja. Al principio hubo un silencio atónito, luego un murmullo y al fin un rugido de euforia. Un aullido nervioso de llanto y risa.

Nadie podía subir las empinadas escaleras de la reconstruida calle Kamienne Schodki o atravesar los arcos de la calle Swictojanska, o levantar los ojos hacia el reloj de hierro inmaculadamente reproducido, y el dragón de hierro, y los barcos de piedra en los muros reconstruidos, sin sentir que se había vuelto loco.

Las viejas calles, el umbral de cada puerta, cada farola, cada escalón, resultaban familiares, y sin embargo no lo eran del todo. Y luego había cosas que no recordábamos en absoluto, y sentíamos como si nos hubieran quitado de un golpe un pedazo de cerebro. Todos paseaban por las calles de la misma manera, con un temor difuso, como si el padre o la madre muertos, la esposa muerta o la hermana pudieran salir de repente de un salto desde detrás de una puerta. Y en el corazón de todo ello latía un orgullo civil, un júbilo, y una humillación tácita: nuestra necesidad había quedado expuesta, y era del todo inconsolable.

En los años cincuenta en Varsovia la gente se desesperaba de esperanza. Hacían las más extravagantes alegaciones: "Durante décadas los físicos han intentado averiguar por qué, si el tiempo puede discurrir tanto hacia el futuro como hacia el pasado, por qué no puede recomponerse una cáscara de huevo rota, por qué no puede arreglarse un cristal hecho añicos. ¡Y sin embargo en Varsovia esto es exactammente lo que estamos consiguiendo! Todavía no hemos descubierto cómo despertar a los muertos o recuperar el amor perdido, pero estamos trabajando duro. Y si ocurre en algún lugar, será en la Varsovia reconstruida".

*Fragmento de "La cripta de invierno"

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