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El cielo de los gansos

El pequeño Oscar en la parte de atrás del auto, riendo, infla el paquete de papas fritas Lay y lo hace estallar de un golpe. El cielo laminado en estaño amenaza lluvia.

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Martín Oteira, treinta y nueve años, conduce el Corolla modelo 2014. Su esposa, Luna, dormita sin dormirse, hipnotizada por la ruta. Martín acaba de apagar la radio. Oscarcito pregunta por qué hay tantas comadrejas muertas en el camino. Su papá le dice que las pobres no saben cruzar calles ni rutas, que por eso son atropelladas. ¿Son ciegas, pá? No, no son ciegas.

Hace una semana que cerraron trato y adquirieron la casa de Río Verde, al borde de las barrancas de Antequera. 

Vendieron todo: su departamento en La Plata, la camioneta Jeep de Luna, el terreno en Longchamps, la casita en Mar de Ajó que heredó Luna de sus padres, y Martín negoció su parte de la empresa de seguros con el socio. Cambiar de estilo de vida es dejar todo atrás. Lo sabían, y era lo que la familia Oteira estaba haciendo: viajar hacia su nuevo mundo.

La pareja odiaba las ciudades, llenas de autos, tipos que piden taxis a los gritos, gases tóxicos, motochorros, y un frenesí demencial. Martín y Luna eran gente tranquila a la que le gustaba el rock nacional (Spinetta), los programas de preguntas y respuestas en la TV y el arrullo de las palomas que anidaban en el alero de su balcón del décimo piso.

Habían optado por la paz total, por vivir a orillas de un río manso, de playas grumosas y un poco sucias, es cierto, pero ellos se iban a encargar de hacerlas deseables. Llevaban reposeras en el techo del vehículo, un gomón desinflado y un arpón innecesario, cualquiera hubiera dicho.

Son las cuatro de la tarde. Han comido unas hamburguesas en un Full de una estación de YPF. Empieza a gotear. Un camión cargado de rollizos viaja delante de ellos. Martín empieza a pasarlo sin esfuerzo: la ruta está vacía. A los costados, los campos repiten hasta el hartazgo el paisaje de vegetación pajiza, alguna que otra vaca, algún que otro ranchito. No se ven seres humanos.

Martín echa una ojeada por el espejo retrovisor a su hijo que ha caído en un silencio inesperado. Duerme. La cabeza de lado, rebota, como si fuera de goma, con los leves saltitos que da el Corolla.

Martín suspira. Es rebasado por un Logan azul. Mira a su mujer adormecida. En el horizonte, en perfecta formación en V, vuela una bandada de gansos.

Una mañana al pie de la barranca y en las playitas del Paraná, mientras humea la chimenea de la casa –mate, bizcochitos, el paso del vaporcito de las diez de la mañana- es el mejor plan de Martín, así lo imagina.

Es entonces que se larga el chaparrón.

Cinco días después

Esperaban el camión de mudanzas, el segundo y último, que traería muebles (los más pequeños) y canastos repletos de objetos del universo hogareño que habían abandonado en Buenos Aires. Era una tarde nublada, calurosa y húmeda. Estaba lloviendo y a veces lloviznando. Martín estaba desmalezando la vegetación despareja de la cerca que da al camino de acceso. Sudaba. La ventana dejaba ver a Luna en la cocina, lavando y ordenando la vajilla. Quitándose el sudor con el antebrazo, Martín sintió que amaba a su mujer, como si fuera un descubrimiento súbito. 

El pequeño Oscar llegó agitado, gritando: Hay un señor en la playa que flota y no habla, hay un señor allá abajo…

Martín se asomó al borde de la barranca y vio al ahogado. Flotaba sin gracia, boca abajo y alcanzó a distinguir las mordidas de las palometas en sus brazos.

En una corrida estuvo en la playita. Le costó sacar el cuerpo del agua. El olor era inmundo, fétido, casi lo hizo vomitar. Echó a su hijo, lo mandó a que se encierre en su cuarto. Llamó a gritos a su mujer.

Luna, en medio de arcadas, alcanzó a decirle que devolviera el cuerpo al río, que era un asco y andá a saber si se ahogó o lo ahogaron o lo mataron de un tiro.

Martín se puso de pie y oteó el horizonte. Nada. El Paraná era el mismo de siempre.

Tapándose nariz y boca con un pañuelo, revisó el cadáver. Luna observaba desde una saliente arcillosa de la barranca, como si temiera que el muerto pudiera saltar sobre ella en cualquier momento.

Aterrado y sin saber qué hacer, Martín guardó el muerto en un galponcito que se erigía a metros de la casa. Empezó a atardecer. 

La cena fue silenciosa. Martín y su mujer apenas probaron bocado del pacú frito. Oscar se encerró en su habitación con un vaso de leche y un alfajor. No hablaron mientras levantaban los platos y los lavaban.

-¿Te parece bien, Martín, que no demos aviso a la policía?

-Dejame pensar lo que voy a hacer, mañana será otro día. No quiero que nos compliquemos. Es un muerto y no sabemos qué le pasó. Por ahí mañana a la siesta lo tiramos cerca de las barrancas del hotel. A esa hora no hay nadie bajo el sol de mierda.

-Tengo mucho miedo, Martín, ¿seremos cómplices de algo?

Se escuchó el motor de una lancha acercándose. Martín y Luna se miraron aterrorizados. Se apagó el motor y se oyó cómo el oleaje pegaba en el casco de la lancha. Siguió un largo silencio. Después, las voces bajas de hombres conversando trepaban la barranca. 

-¡Están subiendo, Martín!

-Tranquilizate, metete en la pieza y dejame a mí.

Luna corrió en puntas de pie hasta el cuarto y cerró la puerta tratando de no hacer ruidos. Golpearon a la puerta.

Martín abrió y se encontró con dos morenos altos, de torsos anchos, vestidos con camisetas azules. Llevaban la insignia de prefectura.

-¿Dónde tenés al muerto? –dijo el más alto, sin saludar o identificarse siquiera.

-¿Qué muerto? –balbuceó Martín, y sintió que una sensación de diarrea le bajaba por el recto.

El más bajo lo tomó de las orejas y se las retorció. Martín terminó de rodillas aullando de dolor.

-Si no nos das el muerto, te vamos a capar y te vamos a coser la pindonga en el cuello, como una corbata.

Luna gritó desde su pieza y salió hasta la puerta de la casa:

-¡Noooooooooooo!  ¡Yo les entrego al muerto!

Los condujo al galponcito y les indicó dónde habían puesto al ahogado.

Martín alcanzó a ver, temblando, el brillo de los ojos de los dos tipos cuando revisaron el cadáver. Sonreían.

-Sí, es Gaitán -dijo el alto.

-¡Vámonos de una vez! -ordenó el otro, y dirigiéndose a la pareja, dijo: Ustedes se olvidan ya de todo esto. Aquí no hubo ningún ahogado, nosotros tampoco existimos. ¿OK?

Vieron sus espaldas marchándose, arrastrando el cadáver. A Martín le latían los oídos y Luna se había orinado encima.

Esa noche, casi no durmieron. Luna se la pasó llorando y Martín vigilando la noche negra que nacía en la barranca. El alba los durmió.

Los despertó la campanilla que habían instalado como timbre.

Martín salió hasta la tranquera que hacía de puerta, lo esperaba un cartero.

Se le detuvo el corazón cuando reconoció al tipo más bajo que los había visitado llevándose al ahogado. Sonreía.

-¿Qué necesita, amigo? -dijo Martín, temblando.

El petiso negro y fornido le tomó las dos orejas y se las retorció hasta que Martín quedó de rodillas, gritando de dolor. En la ventana, el moreno divisó la figura de Luna. El tipo se marchó sin decir palabra. Después quedó un silencio largo y extenuante.

Miró al cielo. Más allá, una bandada de gansos, entre graznidos, regresaba a tierra firme.

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