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Doña Eulalia, el sapo y la muerte

Autor: Diego Yani Editorial: Dunken

El cuento ‘Doña Eulalia, el sapo y la muerte’ pertenece al libro Cuentos del Espejo (Editorial Dunken 2023). En Cuentos del espejo, el autor Diego Yani propone una literatura fantástica, surrealista que bucea en las profundidades del alma humana. 

Es una antología de veintiún relatos breves, potentes, donde el espejo, ese elemento misterioso y

fascinante, enmarca cada una de las historias y abre las puertas a otro mundo: un mundo imaginario, onírico, inconsciente. Ese espejo no siempre aparece a lo largo de la obra como el objeto concreto, sino también como el medio que habilita explorar la psiquis humana. Así lo cuenta su autor: "todos los cuentos tienen una marcada impronta psicológica porque los personajes se niegan a ver la realidad que están viviendo, pero para desgracia de ellos, se encontrarán con otros personajes, objetos o situaciones que actuarán como detonantes y les harán ver esa realidad que quieren evadir". 

Diego Yani nació en Buenos Aires. Es un apasionado por los idiomas (francés, italiano, inglés y ruso) y un infatigable viajero. Su curiosidad y su profesión de guía de turismo lo llevaron a recorrer gran parte del mundo y a desarrollar un agudo sentido de la observación que se refleja en la creación de los variados y ricos personajes que pueblan sus cuentos. También es profesor de lengua y cultura italiana egresado del Instituto Superior del Profesorado ‘Joaquín V. González’. Algunos de sus relatos fueron seleccionados para diferentes antologías. Su primer libro se titula Cuentos de los Arcanos, (Ed. Dunken, 2022). 

Doña Eulalia, el sapo y la muerte 

          -Doña Eulalia se está muriendo, hijo- le comunicó su madre desde su lejano pueblo litoraleño- Y, antes de morirse, pidió verte… 

          El viaje desde Buenos Aires había sido largo y tedioso, pero Manuel no había dudado en dirigirse a su pueblito natal tras enterarse de la grave enfermedad que asaltaba a Doña Eulalia. Después de todo él, como tantos de su pueblo, le debía todo a esa santa mujer. 

         El calor era agobiante. Sin dudas, los años pasados en la inmensa Capital le habían hecho olvidar ese sol omnipresente que traspasaba la piel y perforaba los huesos de su tierra. Era la hora de la tarde y las ruidosas cigarras chillaban coralmente interrumpiendo el sagrado silencio de la siesta.  Mientras caminaba por el monótono sendero bordado de copiosos árboles, el rostro simple y de ojos vacíos de la mujer lo asaltó de repente. 

                -A Doña Eulalia Diosito le arrebató el sentido de la vista, pero ella ve más que ninguno de nosotros… -le había dicho más de una vez su madre durante esa lejanísima infancia que había quedado atrapada entre los límites polvorientos del pueblo. 

          Recordó esos primeros años transcurridos en medio de la frondosa naturaleza, cazando ranas e insectos, bajo el sol abrasador que se abatía sobre las calles durante las interminables tardes mientras todos dormían. Le vino a la memoria la imagen de los pescadores apostados a lo largo del río, el infaltable zumbido de los insectos a la hora de la siesta, y el olor a tierra húmeda que se apoderaba del ambiente cuando alguna tormenta bendecía el suelo.  Pero era sobre todo el recuerdo de Doña Eulalia que se imponía entre todos los de su niñez. La veía dentro de esa humilde casa de madera, rodeada de sus estampas de santos, sus yuyos milagrosos y su mirada vacía. Y por supuesto que la imagen de las manos venosas y mugrientas de la vieja agarrando el sapo, jamás lo había abandonado. Esa escena era imborrable. 

          El ruidoso parloteo de las cotorras lo apartó de su pensamiento.  A esa hora de la tarde el sol reinaba como monarca absoluto sobre esos pagos olvidados, y ni el mismo Diablo – tan acostumbrado al calor del Infierno– se atrevía a transitar por los senderos. De vez en cuando alguna cabeza curiosa asomaba detrás de las ventanas mientras él caminaba hacia la casucha donde la vida de Doña Eulalia se apagaba. Manuel se preguntó si esas miradas indiscretas reconocerían en él al niño que, a la sombra de esos frondosos árboles, había crecido a la vera del río. Y se interrogó también si la Santa Mujer habría previsto la fecha de su propia muerte, así como había pronosticado la de él mismo. 

          "Morirás al cumplir 98 años", había sentenciado décadas atrás la vieja cambiando con tan simple frase toda su vida. Él tendría por entonces solo unos diez años y la trágica e inesperada muerte del padre había diezmado su ánimo y lo había, literalmente, paralizado. 

          -Yo le había dicho que no fuera, que no saliera esa noche porque Doña Eulalia me había advertido del peligro que le acechaba. Pero tu padre nunca me escuchaba, y acusándome de no ser más que una hembra celosa se fue no más…Y ahí mismo, en la vera del rio, lo encontraron ya frío… 

          Sacó un pañuelo de tela blanco del bolsillo del pantalón y se secó la frente sudorosa. Ese primer encuentro con esa desconocida muerte que parecía surgir de repente y llevarse a padres, hijos o hermanos indiferente ante el dolor o los pedidos de piedad de los seres queridos, lo había sumido en un profundo terror. A partir de ese momento, un pequeño y atemorizado Manuel había dejado de pescar y de jugar con sus amigos durante las horas de la siesta cuando todos dormían. Sabía que la Muerte deambulaba en medio de los arbustos y se escondía entre los matorrales a la caza de victimas desprevenidas para robarles, a traición, la vida. Sabía que a veces se manifestaba a través de las numerosas arañas que tejían sus artísticas telas entre los añosos árboles, o por medio de esas serpientes que reptaban amenazantes cerca de las casas.  Se desesperaba y entraba en pánico cuando su madre salía de la casa rumbo al mercadito o a la humilde y blanca capillita para rezar por la memoria de su marido, pues temía que la traicionera Muerte también la cazara. También se despertaba en mitad de la noche, sudando y gritando, tras haber escapado de ese esqueleto cubierto por una pesada capucha oscura que lo corría durante su sueño. Ya no salía, y pasaba los largos e interminables días recluido en su diminuta pieza con la cortina de la ventana echada para evitar la vista de esa impaciente Muerte que seguro lo espiaba desde afuera. 

           –¡Ay niñito mío! –había dicho la Santa Mujer cuando su madre, desesperada, se lo había llevado para que lo curara de esa abulia que lo había invadido desde la muerte del progenitor. 

           –¿Así que te da miedo morirte de repente como tu papá? 

          El recuerdo de ese rancho de madera donde vivía la esquelética mujer le produjo escalofríos: eran dos habitaciones apenas alumbradas con unas míseras lamparitas de luz mortecina, y por velas blancas, negras y rojas cuyas llamas dotaban a todo el lugar de una sofocante atmosfera. Algunas imágenes de santos decoraban el enclenque aparador, y una enorme figura de San La Muerte reinaba sobre un improvisado altar. ¿Seguiría esa casa ahora igual…? 

          – Vení, vamos a ver que nos dicen las tripas del sapo… – había dicho en aquella oportunidad la vieja ciega tomando con esas manos frías y arrugadas su pequeño mentón de niño. 

          Manuel se estremeció al rememorar la horrible escena del batracio: Doña Eulalia había extraído ese indefenso animalito de una especie de olla, había tomado un cuchillo, y sin más, lo había abierto para examinar sus tripas con sus callosas manos. A pesar de las décadas transcurridas, los sonidos guturales y desesperados que emitía ese pobre animal mientras se contorsionaba panza arriba en brutal agonía a medida que los delgados dedos deslizaban el afilado cuchillo a lo largo del viscoso vientre, sobrevivían nítidos en su memoria. Él, espantado y fascinado a la vez por lo grotesco del espectáculo, apenas había podido reprimir la náusea originada en su estómago revuelto. 

          –Ahora vení a ver que dice el santito... –había agregado después la vieja mientras se dirigía al altar de San La Muerte y depositaba los restos del batracio a los pies de la imagen. Las sombras de la mujer y la figura del Santo bailaban caprichosas sobre la pared descascarada producto de las flameantes llamas de las velas. Los ojos blancos, sin vida, se posaron sobre la gris calavera apenas disimulada bajo la negra capucha. El silencio lo invadió todo. Después, de golpe, Doña Eulalia había explotado en una grotesca y siniestra carcajada que, rebotando en las frágiles paredes, había embotado todos los sentidos del confundido niño. 

          - Bueno, bueno…. –había dicho acariciando las mejillas de Manuel con sus manos todavía sucias por las tripas viscosas del sapo– Parece que no tenés de que preocuparte, che: el Santito no reclamará tu alma por muchos años… 

          Y luego había agregado la salvadora frase: 

          –Morirás a los 98 años… 

          Sonrió al recordar la milagrosa predicción que lo había arrojado de nuevo a su vida normal de niño y le había permitido, durante toda su vida de adulto, asumir los riesgos más peligrosos, los desafíos más extremos, envuelto en la inusual seguridad que le brindaba la predicción del Santo. Esas simples palabras de Doña Eulalia lo habían transformado de repente en alguien invencible.  ¿Quién sabe que habría sido de él si la vieja ciega no hubiera pronunciado esa frase? 

              Llegó a la casa. Se detuvo ante el pequeño jardincito entre cuyas plantas de amarillentas hojas dormitaba un perezoso gato blanco. Llamó haciendo sonar sus palmas y esperó bajo el sol abrasador de la tarde. De repente, cierto nerviosismo lo invadió. Esperó. Después de unos segundos, una mujer abrió la puerta mosquetera y, sin intercambiar palabra alguna, lo hizo pasar. Sin dudas lo esperaban. A pesar de la cortina de tiritas plásticas multicolores que cubría la única ventana, varias moscas molestas revoloteaban ruidosas en el interior de esa pocilga. 

          Atravesó la sala y se persignó respetuosamente ante el altar de San La Muerte. La imagen del agonizante sapo lo asaltó y volvió a sentir náuseas. En la otra pieza la vieja ciega yacía en un catre de mantas sucias y descoloridas. A ambos lados del angosto lecho, sobre el cual reposaba un desnutrido colchón cuya dureza resultaba evidente, dos mujeres de inútiles ojos blanquecinos, abanicaban a la moribunda con trozos de cartón. Manuel se acercó. Las mujeres de miradas vacías cerraron los improvisados abanicos y abandonaron la pieza con su paso cansino. Los susurros de algunas plegarias se desprendieron de esas bocas desdentadas. 

          –Hola… –dijo Manuel tomando las manos de la vieja Eulalia. Se turbó al ver la delgadez extrema de ese cuerpo cadavérico y la cara amarillenta de la mujer. Sin dudas no le quedaba mucho. Ella reconoció su voz. 

          –Sabía que ibas a venir, che… – dijo la vieja mientras un bosquejo de sonrisa se insinuaba en los agrietados labios. 

          –Mi madre me dijo que quería verme… 

          –Así es, m’hijo…–asintió – Usted sabe que una tiene que morirse tranquila…Y para irse de este mundo en paz, el Santito– señaló la pieza contigua de la cual arribaban las plegarias susurradas a San La Muerte– nos pide que no dejemos cuentas pendientes en esta tierra…

          Manuel, confundido, comenzó a percibir como una cierta e inexplicable inquietud le turbaba el ánimo. ¿Qué tenía que ver eso con él…? 

          – Pero Usted Doña Eulalia no creo que tenga cuentas pendientes con nadie. ¡Sino ha hecho más que el Bien a todos los de este pueblo…! –comenzó a decir tratando de consolarla – ¡Y mucho menos conmigo! ¿Sabe qué…? ¡A mí, por ejemplo, me cambió el destino cuando me transmitió el mensaje del Santito sobre mi larguísima vida! Le digo más: no hubiera tenido el coraje de hacer ni la mitad de las cosas que hice si no me hubiera usted librado del miedo a esa muerte que siempre creí inminente. Todos los riesgos que tomé –¡y que fueron muchísimos! –, toda la experiencia de vida que me llevaré de este mundo dentro de muchos años cuando se cumpla la predicción, todo lo que hice, fue gracias a Usted, y al Santito, por supuesto. Por eso yo le estoy…- la mujer no cesaba de negar lenta pero insistentemente con la cabeza. Él se detuvo. La inquietud que había sido incipiente, cobró fuerza y se apoderó de su garganta. Le faltaba el aire. Con apenas un susurro de voz la mujer agregó: 

           -Esa es mi cuenta pendiente con vos, che… 

          -¿Entonces esa predicción, ese mensaje, nunca…? - no pudo terminar la frase.

          Doña Eulalia cerró sus vacíos ojos y no respondió.

          Poco tiempo después de la muerte de la vieja, una trágica noticia proveniente de la lejana Capital sacudió el sopor del adormecido pueblito litoraleño y sorprendió a todos: la muerte súbita e inexplicable del joven Manuel.  A todos menos a las dos viejas ciegas que le dedicaron una larga plegaria y encendieron una enorme vela roja en su memoria, a los pies de la imagen de San La Muerte. 

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