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Libros recomendados

Relatos del fin del mundo

Autora: Irma Verolín

Editorial: Ápeiron ediciones

Madrid, España, 2024, 152 páginas

La editorial Ápeiron de Madrid, España lanzó su nuevo libro Relatos del fin del mundo de la escritora argentina Irma Verolín. La presente edición cuenta con el asesoramiento literario de Viviana Rosenzwit desde Buenos Aires, quien lleva adelante un nuevo proyecto editorial de publicar y dar a conocer a escritores argentinos y/o de habla hispana en España.

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Los relatos de Irma Verolín narran íntimas historias que transcurren en un universo repleto de tías, abuelas, vecinos, padres ausentes y patios de antaño. Perfiles de la vida en un barrio de la Ciudad de Buenos Aires en pasadas décadas.

La niña que relata nos muestra el mundo desde un estadio de pensamiento mágico. Las peripecias son variadas: el deseo de viajar por una escalera, una ruptura amorosa, el descubrimiento de la escritura de las primeras letras, la lluvia en un patio desata una fantástica transformación, encuentros con una añorada hermana, la relación de una jovencita con su tía, un congreso de escritoras que desnuda ocultas identidades, los avatares de un domador de mariposas, una niña que asiste a su madre moribunda con cantidades de espejos, dos pasajeros desconocidos en un viaje en avión, un padre obsesionado con ir a la guerra y algunas más que se desarrollan en sitios más alejados del barrio y la casa familiar.

Nos encontramos con un texto de trabajado lenguaje, que brinda una visión original y un entramado de historias que logran capturar al lector para sumergirlo en una atmósfera atrapante y una visión particular del mundo desde el límite sur del continente americano.

Irma Verolín nació en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, en 1953. Publicó los libros de cuentos: Hay una nena que gira, La escalera del patio gris, Una luz que encandila, Una foto de Einstein tocando el violín, Fervorosas historias de mujeres y hombres y Cuentos de mujeres leves y las novelas: El puño del tiempo, El camino de los viajeros y La mujer invisible. Entre los años 1989 y 1999 varios títulos del género infanto-juvenil fueron editados por diferentes sellos del rubro.

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A partir de 2014 publicó en poesía: De madrugada, Los días (Primer Premio Fundación Victoria Ocampo) y Árbol de mis ancestros. Obtuvo diversas distinciones entre las que se destacan Premio Emecé, Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Primer Premio Internacional de Puerto Rico, Primer Premio Internacional de Novela Mercosur, Primer Premio internacional Macedonio Fernández. Tres de sus novelas fueron finalistas en los premios Clarín, Fortabat, La Nación de Novela y Planeta de Argentina. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999. Algunos de sus textos fueron traducidos al idioma inglés, alemán, italiano, ruso y portugués.

 Compartimos uno de sus emotivos relatos:

PAPÁ SOÑABA CON HACER LA GUERRA

De mi padre sólo sé que pasó su vida preparándose para hacer la guerra. Cada día, cada mañana, no bien se despertaba, empezaba a limpiar su revólver. Y lo hacía con lentitud, lo acariciaba despacio, muy despacio, hasta se diría con relativa sensualidad. Los ojos un poco bizcos, los dedos ágiles y una atención excesiva. Yo me figuraba que al final

sus dedos debían quedar muy pero muy fríos. Lo imaginaba en la orilla de la cama, con su revólver, dejándose estar, suave, calculadoramente, a esa hora en la que la luz débil de la lamparita eléctrica iluminaba la habitación, donde mamá dormía con los párpados hinchados. Y arriba, el cielo raso. Abajo, el piso cubierto con capas y capas de cera, brillando casi tanto como la hendija de la luz que horas más tarde tajeaba las persianas.

Se decía que papá estaba más preparado que nadie para este oficio de guerrear. La verdad es que él se esforzó mucho, siempre, en sus preparativos. Era capaz, incluso, de predecir acontecimientos, gracias al mapa del mundo que había colgado entre el almanaque y la hornalla de la cocina. Lo llenaba de chinches puntiagudas con banderines multicolores, que eran signos evidentes de avance o retroceso.

No está de más decir que papá hablaba muy poco de este asunto, aunque, por cierto, no era necesario: su vida entera giraba alrededor de aquel revólver como en torno a un eje. Sus ojos conocían de memoria el camino de las chinches con las banderitas que, en el mapa del mundo, interrumpían ríos, oscuras cadenas de montañas o la orilla delicada de los océanos.

Pero la guerra no llegaba. Llegaban, sí, rumores confusos, que quedaban vibrando en las bocas por donde iban y venían o en algunas páginas del diario con las que, tarde o temprano, mamá terminaba empapelando el tacho de basura.

Lógico es considerar que en el ínterin el tiempo desparramó su harina y que mi padre trajinó por campos gastados, amarillentos, adentro de esos enormes bichos de metal. Me lo imagino agazapado, hecho un ovillo, fumando uno de aquellos inaguantables cigarrillos negros, como Jonás en el vientre de la ballena, como tragado por un dinosaurio o de regreso, nuevamente, en la panza de la abuela.

Alguien dijo que papá soñaba la guerra igual que una jornada de fuegos artificiales, una fiesta muy importante, sin final feliz, con cuerpos humanos que danzaban camino al cielo. También se rumoreó que, en alguna ocasión, hubo un amago tan contundente que vieron a mi padre en la vereda con una actitud desconocida, gallardo, provocador, más atento que nunca, con los ojos mirando muy lejos. El tiempo inevitablemente se iba deslizando por detrás, igual que aire y pasó, pasó, pasó hasta esfumarse por un resquicio o por una grieta inimaginable.

Justo sería decir que a papá jamás nadie lo vio declinar en su espera. No olvidó limpiar su revólver cada mañana con la misma parsimonia con que mamá se retocaba el

maquillaje de sus párpados. Ni tampoco dejó de curiosear el dichoso mapa atravesado por chinches y banderas. Entre tanto pasaron muchas cosas: pasaron de moda algunos que bailes y sus melodías, mi persona llegó al mundo en una tarde lluviosa y se quedó arrinconada en la casa de alguna tía, un hombre del hemisferio norte pisó la luna, crecieron y bajaron las mareas, se hizo más grande el agujero de la capa de ozono y se llenó de murciélagos el árbol de la vereda de enfrente.

Sé que los párpados de mi madre se fueron pareciendo cada día más a la piel de las tortugas y que el revólver de mi padre gastó pólvora en chimangos y que las banderitas adheridas con las chinches describieron infinidad de figuras con contornos que hasta llegaron a ser muy armoniosos. Y que el tiempo se escurría, blancuzco, y que se desbordaba como la leche cuando, sobre la hornalla, hierve a todo vapor.

No tengo dudas de que al pintar sus párpados mamá acostumbraba tener el mismo gesto que solía tener mi padre cada vez que se acercaba al mapa del mundo, como quien va a controlar algo que ya conoce demasiado. Tampoco tengo dudas de que todo fue muy lento para algunos y desmesuradamente veloz para papá.

Una noche entraron en casa muchos hombres dando gritos. Grandes alaridos. Papá venía con ellos. Que dejara lo que estaba haciendo, le ordenó a mamá, porque en la guerra no se hace nada. Así que mamá primero se desmaquilló los párpados y después se fue corriendo a buscar aquellos pesados borceguíes, el casco, la chaqueta y el pantalón. Cuando mamá quiso tomarlos, una bandada de polillas escapó volando, se alzó, violenta, desde la ropa gastada, subió, se arremolinó y sobrevoló la cabeza canosa de mi padre. Y el almanaque se deshojó una y otra vez, se deshizo, se convirtió en finísimo polvillo, se pulverizó delante de los ojos de mi padre, que buscaba encontrar los números y las letras con sus días y sus meses, inútilmente. Muy estático se quedó papá durante varias horas, mirando el almanaque con la cara de quien contempla un campo seco o bombardeado o una vieja foto de su adolescencia.

Hay quienes afirman que en un instante la tierra se abrió, que se partió en dos mitades y los ríos salieron de su cauce. Que hubo terremotos, se dijo también. Sin embargo mamá sostiene lo contrario. Nada pudo pasar, nada había pasado. Sólo tiempo, tiempo tras tiempo, porque aquel día el patio se llenó de gorriones, los murciélagos del árbol de la vereda de enfrente continuaron allí y en la radio anunciaron que la temperatura iba a ser alta aunque soplaría viento proveniente del sur.

De cualquier manera mamá asegura que aquella noche papá tuvo un sueño. En aquel sueño yo venía caminando desde el fondo de la casa, descalza, vestida con un camisón largo y, sin previo aviso, volaba o me confundía con el aire. Dócilmente el aire de la casa se volvía blanco. Y llegaba la noche y mi padre se despertaba y allí está todavía caminando por el patio. Entre paredes descoloridas, el cielo hondo lo está llamando. Mi madre lo mira dar vueltas y vueltas con la cabeza echada hacia atrás; le dice con voz muy baja, casi con miedo:

—Es hora de dormir.

Como mi padre ya está casi sordo entiende que es hora de morir. Por eso no baja la cabeza, no quiere dejar de mirar la danza titilante de las estrellas. Se me ocurre que, observado desde arriba, papá ha debido parecer un pequeño punto blanco encerrado en un cuadrado que, siguiendo la ley primordial del Universo, da vueltas o gira, gira, gira.

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