Alberto Oscar Robledo, Carlitos: "Por favor, una monedita"
Nació el 8 de agosto de 1950. Quizás se te perdió una corchea o alguna fusa se te pegó en la paranoia, quizás se te piantó una nota; lo que sí es seguro es que cuando tomabas la viola las ordenas correctamente en el pentagrama y algún rock brota de tu inspiración.

Llevas la música en el alma y cada bar o lugar de bohemia nocturna te tiene como invitado, fundamentalmente el Fogón de los Arrieros, donde parece que encontraste tu lugar en el mundo. Así fue que el día de tu despedida te velaron en este mítico lugar.
Solo en un rincón y como hablando con un interlocutor que solo en tu vuelo existe (y quizás existe, sólo que no lo vemos con tu claridad).
Me contabas un día, orgullosamente, que eras del signo de Leo, como reflejo fiel de los leoninos, orgullosos y centro de la atención.
Me decías que de adolescente partiste de Buenos Aires en busca de la fama, de encontrar el estrellato musical, y te estrellaste con la vida.
De tu mundo de sueños e ilusiones se colgaron estrellas y palomas y se te piró la luna.
Llegaste a Resistencia con aires de porteño canchero, a deambular por las calles y frecuentar los bares, harapiento, en busca de la limosna diaria: "Una monedita para Carlitos, por favor", "Un puchito", y siempre el "gracias" a flor de labio, con un respeto y una educación que llaman la atención a quien no te conoce.
Nunca una mala onda, siempre con sumisión.

Tu ropaje es desaliñado; de andrajos y sucio, parecías un gato esquivándole al agua. Siempre con dos lovers atados a la cintura, como un fachero de los sesenta. Tu mundo era místico, espiritual y fundamentalmente creyente, siempre agradeciendo el pan y la leche de cada día como la gracia de Dios.
El día de su muerte el periodista y director del Grupo Ciudad, Pedro Cáceres escribió en Chaco Día Por Día: "Carlitos o Sandro con esos nombres lo conocían los habitués de los bares de Resistencia, este gentil personaje de la ciudad que se ganó la amistad y la simpatía de todos con su manera sencilla y amable de pedir ‘una monedita para tomar un cafecito’ y cuando se lo invitaba a desayunar agradecía de muy buen modo. Lo conocí hace muchos años una noche en la ‘Vaca Atada’, estábamos cenando con Coqui Di Rado y llegó, con un buzo atado a la cintura y pidió la guitarra, se sentó en la vereda y se puso a tocar y cantar ‘Puerto Sánchez’. Me sorprendió porque tocaba la guitarra y entonaba bien. ‘Siempre viene, toma una gaseosa y pide un plato de comida y se va’, dijo el dueño del comedor, ‘le gusta mucho la música y siempre nos acompaña cuando hacemos espectáculos’. El ‘Café de la Ciudad’ era su habitual parada, allí se lo veía en la mañana temprano, desayunando, después pasaba por el ‘Angelo’, cruzaba la vereda y continuaba por el ‘Zan En’. Cuando le decías que no tenías monedas para darle, repetía ‘está dura la mano Carlitos’.
Formaba parte del paisaje de la ciudad, un hombre bueno de gesto afable y con el pucho encendido, porque si no tenías monedas te pedía un cigarrillo. Carlitos estaba siempre bien informado, conocía al detalle los bares de la ciudad y los espectáculos de cada día.
Entre las anécdotas recordadas, un vecino contó que cuando a Carlitos le preguntaban qué era lo más lindo de la ciudad, él respondía sabiamente que el cielo y las estrellas.

Se lo evocó como músico, que muchas veces tocaba el piano de El Fogón y hasta llegó a empuñar la guitarra de Oscar Alemán. También se lo recordó en su tono desopilante y ocurrente, como cuando barría la vereda con un pulóver. Seguramente quienes más lo extrañarán serán Alejandra y Martín, los encargados de El Fogón, a quienes Carlitos reconocía como "sus compañeros de trabajo".
Antes de la partida para el cementerio San Francisco Solano, el músico Lucas Segovia le cantó el tema que compuso para Carlitos. Como alguien dejó escapar por ahí: "qué carcajada de la vida que Carlitos, un linyera, fuera velado en el epicentro de la élite cultural de Resistencia".












