Apuntes ignorados sobre San Martín
San Martín (considerado un gran traidor por el gobierno del generalísimo Francisco Franco) regresó a su lugar de origen en 1812 convencido de que España estaba perdida.
Creía que estaba perdida no por estar bajo dominio francés, sino porque Fernando VII (cautivo de Napoleón) aunque recuperara el trono jamás sería un rey liberal ni nunca sería un monarca constitucionalista.
Los hechos le dieron la razón: cuando el rey regresó en 1814 se encontró con un pueblo que quería inquisición y tiranía. Y eso fue lo que él les dio a los españoles.
Dicho de otro modo, San Martín dejó España por sus ideas liberales. Un masón como él ya no iba a poder vivir en una España que iba a seguir entregada de pies y manos al absolutismo.
En este sentido, sus ideas eran las mismas que muchos liberales americanos que defendían sus gobiernos locales y apuntaban hacia una posible emancipación política de España.
Al mando de todo un regimiento
En 1811, acompañado por Alvear (quien después lo envidiaría profundamente por sus logros y prestigio) el entonces teniente coronel José de San Martín se embarcó para Inglaterra y de allí a la Argentina. A Alvear solamente se le dio una discreta jerarquía de sargento mayor de caballería, mientras que a San Martín se le confió el mando de todo un regimiento de reciente creación: los Granaderos a Caballo. Ya era un profesional que había combatido incluso contra las fuerzas napoleónicas, por lo que conocía a la perfección su arma. Fue el primero en regularizar, a través de ese cuerpo que tuvo su bautismo de fuego en el combate de San Lorenzo, el servicio militar en Buenos Aires.

La desobediencia que nos salvó
El año 1820 fue un año dramático para la Argentina porque estaba sumida en la más tremenda anarquía. Algunos gobernadores no duraban en sus cargos más que algunos días, e incluso hubo un caso extremo, el de Buenos Aires. El 20 de junio —día cuando murió Manuel Belgrano en medio de la mayor indigencia—, allí hubo tres gobernadores en forma simultánea.
Mientras tanto, San Martín estaba en Chile preparando su campaña al Perú. En eso estaba cuando el director supremo (equivalente al actual cargo de Presidente), general José Rondeau, le ordenó que dejara para más adelante este proyecto y acudiera con sus tropas para luchar contra los caudillos que se habían sublevado.
San Martín desobedeció esa orden. Se negó a comprometer a su ejército en la guerra entre hermanos que se había desatado en su país, y siguió adelante con su campaña contra los españoles. Su desobediencia salvó a la Argentina, porque las tropas españolas se vieron obligadas a concentrarse en Lima, dejando sólo los muy necesarios en el Alto Perú, actual Bolivia.
Si hubiera obedecido la orden del director supremo dejando "para más adelante" su campaña al Perú, poco les hubiera costado a los realistas invadir la Argentina, encontrar una débil e ineficaz resistencia, y recuperar todo el terreno perdido.
La oferta de Lavalle
En febrero de 1829, con un pasaporte falso a nombre de José Matorras, en el buque Countess of Chichester, San Martín llegó a Buenos Aires. Lo hizo en el peor momento posible, justo cuando el país otra vez se desangraba en una guerra civil, esta vez originada en el fusilamiento de Manuel Dorrego por orden del general Lavalle. No se bajó, sino que permaneció en el barco a la espera de la reanudación del viaje hacia Montevideo, donde sí desembarcó.
Lavalle se enteró de que San Martín estaba en el puerto de Buenos Aires, a bordo de ese barco. Viéndose perdido en la guerra civil que él mismo había desencadenado con el fusilamiento de Dorrego, apeló a un último y extremo recurso para salvarse: ofrecer al Libertador nada menos que la Gobernación de Buenos Aires.
San Martín, que detestaba a los unitarios en general y a Lavalle en particular, rechazó de plano tan singular oferta. Días después, ya instalado en Montevideo, explicó por qué: "Sería yo un loco si me mezclase con esos calaveras. Entre ellos hay algunos, y Lavalle es uno de ellos, a quienes no he fusilado de lástima cuando estaban a mis órdenes, en Chile y en Perú. Los he conocido de tenientes y subtenientes, son unos muchachos sin juicio, hombres desalmados. Entre buena gente me habría ido yo a meter si hubiera tenido la candidez de admitir la oferta de Lavalle".
La relación con Rosas
Las cartas que se intercambiaron Rosas y San Martín fueron explotadas por los rosistas como pruebas irrefutables de que el Libertador lo apoyaba y aprobaba su política, pero no fue así.
De hecho, en carta que el 21 de septiembre de 1839 le envió a su amigo Tomás Guido, le dijo: "No puedo aprobar la conducta del general Rosas cuando veo una persecución general contra los hombres más honrados de nuestro país. El asesinato del doctor Maza me convence que el gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la violencia". Efectivamente, el de Rosas era un gobierno construido sobre cadáveres, un gobierno de mazorcas, horcas y cuchillos.
¿Por qué entonces el 23 de enero de 1844 (casi dos años antes del combate de la Vuelta de Obligado) dispuso en su testamento donar su famoso sable corvo a Rosas? Porque, víctima de interesadas informaciones que desde Buenos Aires le hacían llegar, creía que Inglaterra y Francia, países que en ese momento bloqueaban el Río de la Plata, tenían como objetivo conquistar la Argentina.
Los medios de comunicación virtualmente no existían y él, ya viejo y casi ciego, vivía los acontecimientos según le decían desde el otro lado del océano. Le informaron, por ejemplo, que Rosas quería "socorrer al Uruguay", cuando en realidad lo que quería era anexionar Uruguay, Paraguay y Bolivia a la Confederación Argentina.
Se enteraba de las cosas que aquí ocurrían a través de informaciones fragmentadas, parcializadas y tendenciosas que le llegaban, algunas de ellas enviadas por su amigo Tomás A. Guido, ministro de Guerra y Relaciones Exteriores de Rosas.
San Martín era un defensor nato de la patria. Si hubiera sido debidamente informado que Rosas reemplazó la bandera celeste y blanca por la divisa punzó y que intentó entregar Malvinas a los ingleses a cambio de la deuda contraída por Rivadavia, ni ebrio ni dormido le hubiera donado su sable corvo.
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