El silencio de San Martín en la era de la desinformación
"Un ensayo especulativo sobre inteligencia artificial, guerra híbrida y el ocaso político del Libertador". Pensar a San Martín "en la actualidad" no es un ejercicio de nostalgia ni de ciencia ficción histórica. Es una forma de preguntarnos qué permanece invariable en la condición humana frente al poder y la comunicación, y qué ha cambiado radicalmente por la tecnología.
Introducción
Cuando José de San Martín decide alejarse definitivamente de la escena pública rioplatense y radicarse en Europa, no lo hace únicamente por agotamiento militar —aunque la situación en el Perú era precaria y la amenaza realista persistía en el Alto Perú—, sino, en gran medida, por agotamiento político. El hombre que había resuelto con genialidad estratégica y táctica el problema militar de la independencia sudamericana se encuentra, a su regreso, ante un problema de naturaleza distinta, un escenario de fragmentación interna, desconfianza mutua, rumores, acusaciones de ambición personal y una incipiente esfera de opinión —restringida a élites letradas y círculos de café— manipulada por facciones que disputaban el poder en las Provincias Unidas. A ello se agregó el encuentro con Bolívar en la entrevista de Guayaquil (julio de 1822), que selló la imposibilidad de un mando unificado y la falta de apoyo logístico de Buenos Aires que dejó a San Martín sin los medios necesarios para culminar la campaña.

Este artículo propone una pregunta provocadora: ¿qué hubiera significado ese mismo escenario si San Martín hubiera dispuesto de las herramientas de inteligencia, comunicación y análisis de datos que existen hoy? Y, en sentido inverso, ¿qué nos dice el modo en que resolvió —o no resolvió— ese conflicto sobre los límites y las virtudes de la inteligencia humana?
La hipótesis central de este ensayo es que la IA no habría resuelto el conflicto de San Martín, lo habría acelerado y amplificado en ambas direcciones. Las lógicas de desgaste, deslegitimación y aislamiento del adversario que hoy asociamos a la guerra híbrida ya operaban en 1822-1824, aunque a una escala y velocidad radicalmente distintas, y sin la coordinación centralizada que caracteriza al fenómeno contemporáneo.
Tras culminar la campaña libertadora en el Perú y proclamar la independencia en Lima (1821), San Martín enfrenta un cuadro cada vez más adverso. Las profundas divisiones políticas en Buenos Aires —entre sectores porteños centralistas y provincias con proyectos autonomistas— generan un clima de sospecha sobre sus intenciones. Se lo acusa, sin fundamentos sólidos, de ambicionar una corona; se difunden versiones interesadas sobre su relación con el Congreso; muchos de sus antiguos aliados se convierten en opositores. Como señala Tulio Halperín Donghi en Revolución y guerra, estas disputas no eran meras pujas por el poder, sino conflictos entre distintas concepciones del orden estatal —unitarismo versus federalismo—, lo que daba a la lucha política una dimensión existencial que iba más allá de la ambición personal.
Este fenómeno puede leerse, en clave contemporánea, como una forma temprana de lo que hoy llamaríamos conflicto informacional de baja intensidad —no hay batallas campales, pero hay una disputa constante por el relato, por la interpretación de los hechos, por la legitimidad—. San Martín no fue derrotado por ningún ejército realista remanente en campo abierto, pero la persistencia de la amenaza realista en el Alto Perú, sumada a la falta de recursos, agravó su fragilidad política. Fue, en cierto modo, desgastado por un entorno donde la comunicación —cartas, panfletos, rumores de café, correspondencia diplomática— operaba como arma política de largo alcance y efecto lento. Su decisión de renunciar a toda pretensión de poder y retirarse a Francia con su hija Mercedes no fue un acto de debilidad, sino la constatación de que la batalla que se libraba ya no era solo militar sino también simbólica y comunicacional, y que en ese terreno prefería no combatir.
La información política y militar —lo que hoy llamaríamos "inteligencia"— disponible para San Martín se basaba en tres pilares: 1- Redes de correspondencia, sujetas a demoras de semanas o meses y a un riesgo constante de ser interceptada. 2- Criptografía rudimentaria, con claves compartidas entre un número reducido de personas de máxima confianza. 3- El juicio humano, la capacidad de un puñado de individuos —el propio San Martín, sus edecanes, sus corresponsales— para interpretar información fragmentaria, muchas veces contradictoria, y tomar decisiones bajo alta incertidumbre. Esta inteligencia artesanal era lenta pero profunda. No procesaba grandes volúmenes de datos, pero sí exigía una enorme capacidad de síntesis, de lectura y de anticipación estratégica. San Martín, cruzando los Andes con un ejército invisible para sus enemigos hasta el último momento, es un ejemplo paradigmático de inteligencia como arte, no como cálculo masivo.
En la actualidad la inteligencia artificial invierte casi todos los términos de esa ecuación, la distancia entre ambos mundos es abismal, donde San Martín contaba con semanas o meses para recibir información, la IA opera en segundos; donde él manejaba datos escasos y fragmentarios, hoy disponemos de flujos masivos en tiempo real; donde la verificación era cuestión de confianza personal y claves básicas, ahora la verificación algorítmica se enfrenta a desinformación generada a escala; donde su comunicación llegaba solo a élites alfabetizadas, hoy es global y viral; y donde su vulnerabilidad era la interceptación de un mensaje físico, hoy la amenaza es la manipulación algorítmica y los deepfakes. Un San Martín contemporáneo no tendría que esperar meses para saber qué se decía de él en Buenos Aires, lo sabría en tiempo real, a través de redes sociales, análisis de sentimiento automatizado y sistemas de alerta temprana sobre campañas de desprestigio. Pero, simétricamente, estaría expuesto a una escala de manipulación informacional que la política decimonónica ni siquiera podía imaginar, noticias falsas generadas y distribuidas de forma automática, perfiles falsos simulando consenso popular, campañas coordinadas de desgaste reputacional ejecutadas por actores estatales o no estatales en cuestión de horas.
El concepto de guerra híbrida —la combinación de presión militar, política, económica e informacional por debajo del umbral de la guerra declarada— es una categoría del siglo XXI, pero sus lógicas de fondo* (desgaste, deslegitimación, aislamiento del adversario) no son ajenas al proceso que vivió San Martín tras el Alto Perú. La diferencia crucial es que en el siglo XIX no existía un centro coordinador único que articulara todas esas dimensiones, sino facciones dispersas con intereses contrapuestos; el efecto de desgaste era más bien la resultante no planeada de múltiples iniciativas particulares. Si trasladamos ese conflicto interno al presente, el "campo de batalla" no habría sido la Puna ni la llanura pampeana, sino el ecosistema informativo; la disputa se libraría en la interpretación pública de sus intenciones, amplificada algorítmicamente. Cabe especular, sin poder afirmarlo como hecho histórico, que herramientas actuales de análisis de inteligencia —sistemas capaces de rastrear el origen y la propagación de rumores, de distinguir información verificada de manipulación deliberada— podrían haberle permitido a San Martín contrarrestar acusaciones infundadas con mayor rapidez. Al mismo tiempo, esas mismas herramientas, en manos de sus adversarios políticos, podrían haber amplificado exponencialmente la misma campaña de desprestigio que en su momento se sostuvo en cartas y rumores de salón.
Las lógicas de desgaste político-informacional, es un ejercicio especulativo
En síntesis. Pensar a San Martín "en la actualidad" no es un ejercicio de nostalgia ni de ciencia ficción histórica. Es una forma de preguntarnos qué permanece invariable en la condición humana frente al poder y la comunicación, y qué ha cambiado radicalmente por la tecnología. Lo que permanece es la fragilidad de las reputaciones frente a la sospecha, la dificultad de sostener el bien común frente al desgaste político, la tentación de leer intenciones de poder personal donde solo hay convicción de servicio. Bartolomé Mitre, en su Historia de San Martín, contribuyó decisivamente a fijar una imagen heroica del Libertador; pero esa construcción de la reputación póstuma, precisamente, fue algo que San Martín ya no pudo controlar en vida, lo que subraya la paradoja de toda biografía política, el relato final casi nunca pertenece a su protagonista. Lo que cambió fue la velocidad, la escala y el carácter automatizado con que hoy se libran esas mismas batallas. San Martín eligió, frente a un ecosistema comunicacional hostil y lento, el silencio y la distancia. Frente a un ecosistema comunicacional hostil y ultrarrápido como el actual, esa misma opción —el retiro digno, el silencio estratégico— podría no bastar. Y ahí, quizás, resida la lección más incómoda de este ejercicio, la inteligencia artificial no sustituye el juicio ni la integridad humana que hicieron grande a San Martín, pero sí exige de los liderazgos actuales una capacidad de gestión comunicacional que en el siglo XIX ni siquiera era imaginable.
"Cuando la Patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla. Seamos libres, que lo demás no importa nada".
Nota metodológica (El lector habrá notado que el texto anterior transita entre el pasado y el presente con cierta libertad. Vale la pena, entonces, explicitar el método.)
El presente texto es un ensayo de historia comparada de carácter especulativo. No pretende afirmar hechos que no ocurrieron, sino utilizar categorías conceptuales contemporáneas —inteligencia artificial, guerra híbrida, comunicación estratégica— como herramientas heurísticas para iluminar, por contraste, la naturaleza de los conflictos internos que rodearon el retiro de José de San Martín. Se trata de un ejercicio legítimo dentro de la historiografía y las ciencias políticas, pensar el pasado con las categorías del presente para comprender mejor ambos. Conviene aclarar, no obstante, que el concepto de "guerra híbrida" —tal como lo formula Frank Hoffman en Conflict in the 21st Century— presupone una coordinación interestatal o intraestatal que no existía en las Provincias Unidas. Aquí se utiliza en sentido analógico, como marco heurístico para pensar lógicas de desgaste político-informacional, no para afirmar que hubiera una "guerra híbrida" en el siglo XIX.
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