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Internet no es el médico

Buscar información sobre salud en internet puede parecer una solución rápida cuando aparece un síntoma, surge una preocupación o se necesita comprender mejor un diagnóstico. Sin embargo, convertir las búsquedas en la principal fuente para interpretar lo que ocurre en el organismo puede generar más problemas que soluciones. Por ello, no es recomendable utilizar internet, las redes sociales ni los chatbots de inteligencia artificial como sustitutos de una consulta médica. Aunque estas herramientas pueden ofrecer información general, no tienen la capacidad de reemplazar la evaluación individual que realiza un profesional de la salud.

En primer lugar, uno de los principales riesgos de buscar síntomas de manera reiterada es la cibercondría. Este fenómeno consiste en una preocupación excesiva por la propia salud que se intensifica mediante consultas frecuentes en internet. Así, una persona puede comenzar buscando información sobre un dolor leve y terminar leyendo sobre enfermedades graves que comparten algunos síntomas. Como consecuencia, una molestia común puede interpretarse como una señal de una patología peligrosa, aunque no exista evidencia suficiente para sostener esa conclusión.

Además, este mecanismo puede generar un círculo de ansiedad difícil de interrumpir. Cuanto mayor es el miedo, más información se busca; y cuanta más información se encuentra sin el contexto necesario, mayor puede ser la preocupación. De este modo, las búsquedas que inicialmente pretendían tranquilizar terminan aumentando el estrés. Incluso pueden aparecer dificultades para dormir, cansancio, aislamiento y conflictos con familiares o compañeros de trabajo.

A esto se suma que la información disponible en internet no siempre distingue entre síntomas frecuentes y señales verdaderamente preocupantes. Una descripción general no tiene en cuenta la edad, los antecedentes, los medicamentos que toma una persona, sus condiciones particulares ni los resultados de una exploración física. Por consiguiente, interpretar por cuenta propia una lista de síntomas puede conducir a diagnósticos equivocados. Del mismo modo, tomar medicamentos basándose únicamente en lo leído en una página web puede provocar efectos adversos, interacciones o retrasar el tratamiento adecuado.

En ese sentido, las redes sociales presentan un problema adicional. En ellas circulan experiencias personales, recomendaciones y contenidos de salud que pueden parecer convincentes, aunque no estén respaldados por evidencia científica. Por otro lado, los algoritmos pueden mostrar repetidamente publicaciones relacionadas con aquello que una persona ya buscó. Por esta razón, alguien preocupado por una enfermedad puede quedar expuesto a una sucesión de contenidos similares y terminar percibiendo que esa enfermedad es mucho más probable de lo que realmente es.

Los chatbots de inteligencia artificial requieren una precaución semejante. Su capacidad para responder rápidamente y emplear un lenguaje seguro puede transmitir una sensación de autoridad, pero una respuesta bien redactada no garantiza que sea correcta, completa ni apropiada para un paciente concreto. De hecho, una investigación publicada por la Asociación Médica Británica evaluó cinco chatbots mediante 250 respuestas relacionadas con cáncer, vacunas, células madre, nutrición y rendimiento deportivo. El estudio consideró problemáticas el 49,6 por ciento de las respuestas, debido a que podían inducir, sin orientación profesional, a adoptar tratamientos ineficaces o potencialmente dañinos.

Además, los investigadores observaron que las respuestas podían expresar errores con un tono de seguridad y que las referencias bibliográficas presentaban deficiencias. Estos resultados no significan que la inteligencia artificial sea inútil. Por el contrario, puede servir para comprender conceptos generales, organizar información o preparar preguntas para una consulta. No obstante, la utilidad informativa de una herramienta no debe confundirse con su capacidad para diagnosticar o decidir un tratamiento.

Por lo tanto, ante un síntoma persistente, una duda relevante o una preocupación sobre la salud, la opción más segura es consultar a un profesional. Contar con un médico de confianza puede facilitar una primera evaluación y, cuando sea necesario, permitir una derivación a otro especialista. Si la preocupación por la salud se vuelve constante y dificulta la vida cotidiana, también puede ser conveniente solicitar orientación en salud mental.

En definitiva, informarse no debe convertirse en autodiagnosticarse. Internet puede acercar conocimientos, pero no reemplaza la historia clínica, los estudios complementarios ni el criterio profesional. Por ello, ante la incertidumbre, buscar cada vez más información en la red no necesariamente aporta tranquilidad. En muchos casos, la decisión más responsable consiste precisamente en dejar de buscar, evitar la automedicación y consultar a un profesional de la salud.

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