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Memoria de Resistencia

Tararira, un personaje de la ciudad

Resistencia tuvo personajes mundanos en distintas épocas. Hoy queremos recordar a uno que fue famoso en la década del año 20. Nos referimos a don Victorio Oswald, quien un día arribó a la capital chaqueña nadie sabe cómo, de dónde o para qué. Lo que sí se sabe es que a poco de su andar por la joven ciudad alguien lo bautizó Tararira, nombre de uno de los peces de los ríos y lagunas de la región.

Tararira

Este curioso personaje había nacido en Austria y tampoco se sabe en qué fecha llegó a nuestro país. Sí que fue cocinero en el buffet del Ferrocarril Central Argentino en la ciudad de Rosario, Santa Fe. De baja estatura, más bien robusto, recorría las calles de Resistencia vestido con un largo saco, tipo levita, siempre con una flor en el ojal, largos pantalones que arrastraba por las entonces polvorientas calles de la ciudad y un sombrero tipo galera. Antes de morir, Tararira usaba gorra de tela y saco pijama. Permanentemente llevaba entre sus dedos un cigarrillo encendido, mientras que en la otra mano siempre una ya gastada y descolorida —o más bien colorida— bolsa que en un tiempo había sido de color claro.

Tararira, que vivía en calle Liniers a la altura del número 750, era habitué en el famoso Teatro Olimpo, solar ocupado hoy por el edificio Olivetti. Allí se paraba en la puerta, esperando que alguien le convidara una copa o un cigarrillo. De este personaje se cuenta —nos refirió la anécdota hace ya varios años el señor Julián Sánchez, con domicilio en calle López y Planes 316— que en una oportunidad enfermó gravemente y lo llevaron, ya muerto, para ubicarlo en la morgue del Hospital Regional, hoy Hospital Perrando. Horas más tarde llegó hasta allí el coche fúnebre municipal, un carro negro tirado por mulas, que los pobladores habían bautizado con el nombre de La Cucaracha, y partió rumbo al cementerio llevándose al desdichado Tararira.

El trayecto era de tierra, y el vehículo bailoteaba con los saltos producidos por las profundas huellas de cada bache, hasta que el muerto resucitó. Es que Tararira solo había sufrido un ataque, nada más. Al encontrarse encerrado, nuestro personaje golpeó la tapa del féretro, que como era muy liviana se desclavó. Tararira se levantó del cajón y golpeó en la puerta delantera del vehículo, donde iba su conductor, para que parara. En efecto, el cochero al oír esos ruidos paró a La Cucaracha y fue a abrir las puertas traseras para ver qué pasaba, y tras desatar un alambre que unía dos argollas vio allí, casi de pie, al propio Tararira. Este bajó del coche fúnebre y el vehículo quedó en medio del camino, abandonado por su cochero, que salió corriendo por la calle polvorienta.

Nota de Carlos López Piacentini

Don Roberto Varela me contaba que tenía su parada en avenida 25 de Mayo y Vedia, frente a la talabartería de Phal —donde hoy es el paseo de compras de los vendedores ambulantes— y se corría hasta la esquina de Casa Gabardini. Su característica era tener un megáfono casero de chapa con el que voceaba las noticias de los diarios, pero por supuesto estos eran viejos.

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