
El helicóptero argentino
La imagen de aquel helicóptero despegando desde los techos de la Casa Rosada, con Fernando de la Rúa a bordo, es una de las más dramáticas de la historia argentina.

Director periodístico.

La imagen de aquel helicóptero despegando desde los techos de la Casa Rosada, con Fernando de la Rúa a bordo, es una de las más dramáticas de la historia argentina.

La muerte de Rolando Núñez, un fiscal sin fueros como no hemos tenido ninguno y como no volveremos a tener otro, no necesita de ningún otro ingrediente más que su efecto más directo -su desaparición física- para volverse desoladora. Pero metida en el contexto de una realidad social dolorosa frente a la cual se despliega una batalla sin cuartel por el poder (por sus privilegios, no por su potencial para mejorar la vida de las personas), protagonizada por los mismos capitanes de siempre, se torna también asfixiante.

El diluvio de ayer fue para miles de familias chaqueñas una trompada en plena quijada cuando apenas iban reponiéndose de la tremenda piña meteorológica del 8 de enero. Dos lluvias de registros históricos con apenas 103 días de distancia entre ellas. Para muchos productores del interior, un uno-dos que los deja en la lona. Una desgracia que vale doble en una provincia en la que las únicas emergencias que preocupan son las del Estado y su burocracia de dimensiones cósmicas.

Desastres como el vivido con el agua en la semana que pasó nos permiten revivir un ritual casi tribal que probablemente exista para que podamos sentirnos más chaqueños. Compartimos el dolor, el miedo, la indignación, el desconcierto; participamos en la ruleta rusa que determina a quién le toca y a quién no; los gobernantes de turno prometen ocuparse de lo que nunca se han ocupado ellos ni sus predecesores (los que, a su vez, también tuvieron su oportunidad de efectuar los mismos juramentos); ayudamos a los desafortunados o les dedicamos cinco minutos de tristeza. Y así hasta que un día el sol regresa, los cielos negros se retiran del escenario y las cosas vuelven a estar en su lugar. Bah, en el lugar que les asignamos.

Como parte de esos debates tan chaqueños que sabemos que nunca llegarán a algo (o que a lo sumo lograrán arribar a un destino nuevo dentro de tres o cuatro generaciones), el gobernador Domingo Peppo acaba de anticipar que durante 2019 uno de los temas destacados de su agenda política será la búsqueda de un punto final para los piquetes viales en la provincia.

El año que viene será duro, muy duro. Para ello bastaría con que fuese un calendario de estancamiento, porque eso significaría la ausencia de al menos una módica reparación de los daños sufridos por la gran mayoría de la población en este 2018 de inflación récord, desempleo y pobreza crecientes; derrumbe del poder adquisitivo de los salarios, mix de súper devaluación y tasas en pesos altísimas; mayor endeudamiento y economía en coma farmacológico.

Si de algo pareciera que el Chaco nunca nos va a privar es de ser noticia en los medios nacionales por hechos escandalosos que rozan lo surrealista. El caso de la “desaparición” de nada menos que 110 toneladas de leche en polvo adquiridas por el Estado para asistir a niños desnutridos es un hito más en esa inquebrantable tradición. Y cuesta determinar si lo más irritante es el hecho en sí mismo o que a esta altura de las circunstancias ni las autoridades provinciales ni los investigadores de la justicia puedan dar certeza acerca de cuáles son realmente los lotes faltantes ni de si estamos ante un descomunal golpe ejecutado de una sola vez con una logística enorme (para mover semejante carga hacen falta no menos de cinco camiones, estibadores, choferes y varias horas de labor); un más que paciente robo hormiga; o una maniobra en la que la leche en cuestión sólo existió en los papeles.

Los últimos días confirmaron que los argentinos estamos condenados a escribir nuestra historia subidos a una calesita que permite que nuestras esperanzas aleteen sobre caballitos y cisnes de colores hasta que, indefectiblemente, el viaje circular nos devuelve al mismo andén de fracasos y decepciones que nos sirvió de punto de partida.