Amenaza silenciosa que afecta el peso y el nacimiento de los bebés
Cada día, sin saberlo, millones de mujeres embarazadas entran en contacto con una sopa química invisible.

Está en el champú que usan por la mañana, en el envase de plástico que guarda la comida del mediodía, en el ticket térmico que entrega el supermercado y en el polvo que se acumula en los rincones del hogar. Durante décadas, la ciencia sospechó que estos compuestos podrían tener efectos sobre la salud, pero recién ahora dos investigaciones de gran escala, publicadas en 2025 y 2026, lograron cuantificar con precisión su impacto: la exposición a químicos cotidianos durante el embarazo está directamente vinculada a partos prematuros y a una reducción significativa del peso al nacer.
El primero de estos estudios, realizado por la Universidad de Carolina del Norte y publicado en JAMA Network Open en junio de 2026, analizó más de cinco mil pares de madre e hijo entre los años 2000 y 2021. Los resultados son contundentes: cada mujer embarazada estuvo expuesta, en promedio, a cuarenta y cinco compuestos químicos diferentes, y en algunos casos el número llegó a sesenta y cuatro.
Entre las sustancias identificadas se encuentran los ftalatos —utilizados para dar flexibilidad a los plásticos—, los plastificantes de reemplazo que llegaron para ocupar el lugar de los ftalatos prohibidos, los hidrocarburos aromáticos policíclicos, más conocidos como PAHs, que provienen de la contaminación del aire y de alimentos quemados, y los fenoles halogenados, presentes en los retardantes de llama de los textiles y los muebles. Cada uno de estos compuestos mostró una asociación estadísticamente significativa con embarazos más cortos y bebés que nacían con un peso inferior a los dos mil quinientos gramos, el umbral que define el bajo peso al nacer.

El segundo estudio, publicado en marzo de 2026 en eClinicalMedicine, una revista del grupo The Lancet, dio un paso más allá al intentar medir el impacto global de una de estas familias químicas, los ftalatos. Los números que arrojó son escalofriantes. Según los cálculos de los investigadores, en el año 2018 se produjeron 1,97 millones de partos prematuros atribuibles a la exposición a estas sustancias, lo que representa más del ocho por ciento de todos los nacimientos prematuros del mundo. De ellos, 74.000 recién nacidos murieron como consecuencia directa de esa exposición. Los principales culpables identificados fueron dos compuestos muy comunes: el DEHP, o ftalato de di-2-etilhexilo, y el DiNP, o ftalato de diisononilo, ambos ampliamente utilizados en la industria del plástico.
La pregunta que surge entonces es inevitable: ¿cómo es posible que unas moléculas tan ubicuas puedan alterar algo tan delicado como el desarrollo de un feto? La respuesta se encuentra en el mecanismo de acción de los disruptores endocrinos. Estas sustancias tienen la capacidad de mimetizar o bloquear las hormonas naturales del cuerpo, interfiriendo en los mensajes químicos que regulan el crecimiento y la gestación. Pero no todas las etapas del embarazo son iguales, y el momento de la exposición es determinante. Durante el primer trimestre, cuando el embrión se implanta en el útero y comienza a formarse la placenta, los disruptores pueden alterar este proceso fundacional. En el segundo trimestre, afectan la adaptación metabólica de la madre y la transferencia de nutrientes al feto. Ya en el tercer trimestre, pueden desencadenar una cascada inflamatoria que precipita el parto antes de tiempo, cuando los pulmones y el cerebro del bebé aún no están completamente desarrollados.
El estrés oxidativo, la inflamación sistémica y la insuficiencia placentaria son algunas de las vías biológicas a través de las cuales estos químicos ejercen su daño. La placenta, ese órgano tan extraordinario que sirve de puente entre la madre y el feto, puede no desarrollarse adecuadamente o no funcionar con la eficiencia necesaria para aportar oxígeno y nutrientes. El resultado es un bebé que nace antes y más pequeño, con un riesgo elevado de padecer problemas de salud que se prolongarán durante toda su vida.
Pero hay un matiz que los investigadores subrayan como una buena noticia en medio de este panorama sombrío: los ftalatos y la mayoría de estos compuestos tienen una vida media muy corta en el organismo. Se eliminan del cuerpo en cuestión de días, a veces incluso de horas. Esto significa que la reducción de la exposición puede tener un impacto casi inmediato. Si una mujer embarazada modifica sus hábitos y evita ciertos productos, el nivel de contaminantes en su sangre puede disminuir rápidamente, lo que a su vez podría traducirse en un menor riesgo para su bebé.

Las medidas que recomiendan los expertos son prácticas y están al alcance de la mayoría. En el ámbito de los productos de cuidado personal, aconsejan buscar etiquetas que indiquen explícitamente "libre de ftalatos" y revisar los ingredientes para evitar nombres como DEP, DBP o BBzP. Sin embargo, advierten que los ftalatos también se esconden bajo la palabra "fragancia" o "perfume", una trampa que dificulta la tarea de los consumidores más atentos. En la cocina, el consejo es rotundo: nunca calentar alimentos en recipientes de plástico en el microondas, y mucho menos lavar esos envases en el lavavajillas, porque el calor libera las moléculas de ftalato, que luego migran a la comida. También recomiendan evitar los envoltorios plásticos en contacto directo con los alimentos y optar, siempre que sea posible, por productos frescos en lugar de enlatados, cuyos revestimientos internos suelen contener bifenoles.
En el hogar, la ventilación regular y una limpieza frecuente con aspiradora pueden marcar la diferencia, porque los ftalatos se acumulan en el polvo doméstico. Y conviene leer con atención las etiquetas de los productos de limpieza y los cosméticos para evitar ingredientes como triclosán y parabenos, otras dos familias de compuestos que también han mostrado efectos adversos sobre el embarazo.
A pesar de la solidez de los hallazgos, los investigadores reconocen que estos químicos son difíciles de evitar por completo. Forman parte de la vida moderna y están presentes en una amplia gama de productos, desde juguetes hasta cremas para pañales, desde champús hasta envases de alimentos. No siempre es posible saber qué contiene cada objeto, y las empresas no están obligadas a declarar todos los ingredientes de sus formulaciones. Además, el fenómeno de los plastificantes de reemplazo muestra un patrón preocupante: cuando se prohíbe un químico por sus efectos tóxicos, la industria lo sustituye por otro de estructura similar que, a menudo, produce exactamente los mismos daños.

Lo que estos estudios ponen de manifiesto es que la exposición a químicos cotidianos constituye un factor de riesgo modificable y de magnitud global. La prevención de casi dos millones de partos prematuros al año no es una utopía, sino una posibilidad real que pasa por cambiar hábitos de consumo, mejorar las regulaciones y exigir a la industria que ofrezca productos más seguros. Porque detrás de cada cifra hay un parto que podría haberse evitado, un bebé que podría haber llegado al mundo en el momento justo y con el peso adecuado, y una familia que podría haberse ahorrado el sufrimiento y la incertidumbre. La ciencia ha hablado con claridad; ahora falta la acción.
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