Ayúdame a pasar la noche
Autor: Rogelio Alaniz, Editorial: Palabrava, Año: 2026.
Ayúdame a pasar la noche es una obra de Rogelio Alaniz, para la Colección Rosa de los vientos, de la editorial Palabrava, Santa Fe (2026), que cuenta con 120 páginas. Relatos, narrativa argentina. Y en su contratapa versa: "En un mundo que a menudo nos abruma con su ruido, Rogelio Alaniz nos invita a detenernos en sus historias. En Ayúdame a pasar la noche, nos regala un tapiz de microrrelatos tejidos con la esencia de la vida misma. Con una maestría que solo un escritor de larga trayectoria posee, Alaniz desdibuja la línea entre la ficción y la realidad. Sus personajes nos atrapan, nos interpelan a fondo y nos obligan a reflexionar. El autor se adentra en el terreno de las emociones más profundas: la traición, el engaño, el dolor, pero también, la amistad incondicional y el amor. Sus relatos muestran un constante mano a mano con la muerte, donde la nostalgia y los fantasmas del pasado se entrelazan en un recordatorio agudo de la urgencia de vivir cada momento. Estos relatos breves, separados por números, son diferentes maneras de decir adiós.

Ayúdame a pasar la noche es un espejo que nos muestra nuestros propios miedos y contradicciones. Es una invitación a mirar la vida de cerca, a sentir profundamente y dejarse llevar por la magia de las historias breves".
Rogelio Alaniz pasó su infancia en Sunchales, provincia de Santa Fe (Argentina) y luego se trasladó a la ciudad de Santa Fe, donde vive actualmente. Fue profesor de Historia Institucional Argentina en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y tuvo la cátedra de Historia Social y Política Argentina en la facultad de Arquitectura y Urbanismo de la misma Universidad. También, fue profesor de Sociología Argentina y adjunto en la cátedra Historia Social y Económica Argentina de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER). Obtuvo la Orden de Mérito en la asignatura Periodismo Nacional e Internacional de la misma institución, y fue profesor titular de la licenciatura de Periodismo de la UNL. Su trayectoria como periodista es extensa, tanto a nivel gráfico como radial. Destacamos las columnas del diario El Litoral de Santa Fe y del diario Clarín, y la conducción de programas radiales como Hoy y mañana, en LT10.
Cuenta con una decena de libros publicados. Entre ellos sobresalen las novelas Mala suerte si ando solo, editada en la Colección Nordeste de Palabrava; Aquellos fueron los días; Derecho viejo; Bajo el resplandor de Granada y Quién mató al Bebe Uriarte, esta última adaptada a una serie de televisión policial argentina emitida por la TV Pública que estuvo protagonizada por Adrián Navarro, Miguel Ángel Solá, Federico Luppi y Leonora Balcarce.

Disponible en la tienda on line de editorial Palabrava:
https://www.editorialpalabrava.com.ar/productos/ayudame-a-pasar-la-noche-de-rogelio-alaniz/
Compartimos con nuestros lectores el prólogo, escrito por el autor y tres relatos:
A manera de prólogo "Ayúdame a pasar la noche", es el título de una canción escrita por Kris Kristofferson y es la música que John Hus ton eligió para su película "Ciudad dorada".
Y yo sería un tramposo, o algo peor, si desconociera cómo influyeron esta canción y esta película en estos relatos.
Hablo en este libro de hombres y mujeres para quienes vivir es una rutina complicada y dolorosa.
Hablo de perdedores colocados en ese lugar por los azares del destino, porque se lo busca ron o porque viven en una sociedad que en ciertas circunstancias suele ser despiadada.
Hablo de personas para quienes la noche no es la estación de la paz y el reposo sino el lugar de las pesadillas, esas horas oscuras que transcurren con la lentitud exasperante que marcan las agujas del reloj de la taberna de un puerto.
Hablo de personas que conocen de "la poesía cruel de no pensar más en mí", pero sin embargo alientan la ilusión de que la vida puede permitirles subir al ring a pelear el último round.
Hablo de hombres y mujeres que necesitan, a veces sin saberlo, a veces como una dolorosa revelación, que alguien los ayude a pasar la noche, una ayuda que no se confunde con la limosna, la caridad o la asistencia social, sino con la íntima necesidad de vivir un instante, no mucho más que eso, de amor, porque presienten que el ayer está en ruinas, el futuro es un hueco oscuro contemplado con ojos insomnes, y porque saben que a cierta hora de la noche la vida duele y para ese dolor no hay anestesia.
Relatos
1.-
Cuando de tu viejo amigo no tengas noticias y el flamante amigo te aburra; cuando el whisky pierda el gusto porque le pusiste demasiado hielo; cuando la música te fastidie porque —aunque te cueste reconocerlo— tu oído se educó para oír otros tonos; cuando camines por alguna calle y percibas que más allá del estrépito de la ciudad, algo perdiste, algo quedó olvidado, entonces, cuando todas estas pequeñas pero persistentes desgracias empiecen a repetir se con demasiada frecuencia, cuando algunos recuerdos que creíste olvidados para siempre se empecinen en estar presentes como una pesadilla, como una lastimadura que no cicatriza, como un sabor amargo en la boca, entonces, repito, te acordarás de mí y para tu desgracia o tu pena no podrás evitarlo.
Los domingos a la tarde, por ejemplo, los in sufribles e inhóspitos domingos a la tarde, cuando el sol se despida detrás de los edificios torres que impiden que la luz entre por la ventana de tu dormitorio en el que dormimos tantas veces, cuando llegue esa hora en que el silencio de la casa te haga sentir la mujer más abandonada y más triste del mundo y el ventilador del techo, el pesado y monótono movimiento de sus paletas sean algo así como el símbolo de tu cansancio y tu miedo, te acordarás de mí, aunque más no sea para mitigar el tedio, disimular las penas, olvidar aquello que no sabes olvidar o no te resignas a aceptar que se terminó para siempre. Esas noches de tormenta, de relámpagos y truenos, esas noches en que pareciera que los demonios se han soltado, y te sientas indefensa y sola y ten gas miedo hasta de los ruidos más inocentes, por más que la casa disponga de alarma y vigilancia privada; esas no ches en las que te acurrucas temblando en un costado de la cama entre la pared y la almohada, te acordarás de mí y de aquellos momentos cuando dormíamos abrazados y creíamos con fe de creyentes que nadie ni nada podría separar nos.
Entonces, digo, te acordarás de mí. No podrás evitarlo, nunca podrás evitarlo, aunque te lo propongas, aunque te pongas de rodillas, aunque recurras a la asistencia de un analista o, aunque cambies de amante y de hotel y de ciudad y de marca de vino todas las noches. Te acordarás de mí sabiendo que ya no hay posibilidad de retorno, que no hay lugar para las disculpas, para el perdón, incluso, para permitirme aceptar que la culpa, si es que hubo alguna culpa, estuvo de mi lado, que te mentí, te lastimé y te ofendí como un canalla o como un pobre tipo... y sin embargo…
2.-
¿Te acuerdas? Es probable que sí pero ya no importa, ya no hay modo de saberlo; tampoco importa demasiado saberlo. El cuarto daba a un jardín con naranjos y limoneros; desde los árboles llegaba el canto de los pájaros y de vez en cuando se sentía el ruido de algún camión que pasaba por la ruta que une a Santa Fe con Rafaela. En esa casa de descanso, para designarla de una manera piadosa, viviste las últimas semanas de tu vida. Yo te visitaba casi todos los días porque si bien estábamos divorciados, nosotros sabíamos muy bien que había algo que nos unía, algo que en los momentos límites adquiría una singular importancia, algo así como una exigencia, pero también como un derecho. De aquellos días, de aquellas mañanas y aquellos atardeceres, lo que más recuerdo son los momentos cuando yo leía los Diálogos con Leucó de Pavese y vos escuchabas cerrando los ojos y moviendo apenas los labios, como si es tuvieras rezando o como si intentaras pronunciar mi nombre. Fuiste vos la que me pidió que leyera como leía antes, hace muchos años, cuando éramos estudiantes, vivíamos juntos en una casa vieja, en un dormitorio con una ven tana que daba a un patio donde había un limonero y una parra. Entonces nos creíamos eternos y nos sorprendía que, a Vallejo, Dylan Thomas alguna vez se le hubiera ocurrido morir, o que a Federico lo hubieran fusilado o que Pavese hubiera decidido quitarse la vida en un hotel de Génova cuando recién había cumplido cuarenta años. Te fuiste para el silencio una siesta, no faltaba mucho para las cinco de la tarde. Todo muy discreto, todo como esas canciones que te gustaban tanto y despacito llegan al silencio. No quisiste llamar la atención ni siquiera para morir; te apa gaste con esa delicadeza que te distinguía, como cuando caminabas en casa descalza y en algunos momentos parecías invisible. Yo sabía que la muerte podía llegar en cualquier momento, pero no sabía que la lectura de los Diálogos con Leucó era una despedida. Yo no lo sabía, pero presiento que vos sí lo sabías, porque no sé por qué misterioso o extravagante pacto con Dios o con el diablo, siempre sabías o presentías con anticipación lo que podía ocurrir.
3.-
Estaba muerto. Por lo menos es lo que aseguraba el in forme policial. Muerto para siempre, justamente él que nunca creyó en la palabra "siempre" y jamás pensó que la muerte pudiera ser una posibilidad. Un balazo en el pecho era el responsable de su paseo a las sombras, a la oscuridad, al silencio. A su alrededor, alrededor del escritorio de su estudio jurídico, había plata, papeles, algunas fotos, una lapicera, una cajita abierta de preservativos y un cenicero con dos puchos de cigarrillos apagados. El comisario sospechó de un socio; alguien habló de un amigo que parecía ser algo más que un amigo; como al pasar, se mencionó a su esposa con la que estaba separado hacía por lo menos diez años. El portero del edificio habló de un señor al que hacía muchos días que no veía. Después, una semana después, se supo de sus relaciones con un par de abogados vinculados con el narcotráfico. Me enteré de un hijo que vivía en Barcelona, y en algún momento supe que mi hermano estudió con él en el secundario y la facultad. Me habló de un tipo agradable, inteligente. Más no pude saber. La policía tampoco.
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