Buscar a Cristo hasta encontrarlo
Señor director de NORTE:
En la sola palabra "búsqueda" encontramos la esencia misma de la pasión que sufrió la santísima virgen al comprobar que su niño no estaba con ella ni con José.
Fueron tres días en los que María sufrió la ausencia sensible de Jesús; ni siquiera podríamos imaginar sus pensamientos y su actitud en tan gran aflicción.
Con frecuencia pensamos en María, sólo relacionándola con la pasión de Cristo, sin embargo, en este dolor de haber perdido a su hijo, Dios mismo revela con mucha claridad el lugar que le ha dado en el plan de la redención, y la relación que ella habría que tener con toda la humanidad.
Ella, que nunca tuvo pecado, llegó a conocer la misma soledad del pecado porque es la madre de Cristo, de Cristo entero, es decir Cristo, cabeza del cuerpo místico y nosotros, sus miembros.
Muriendo en la cruz, y dando el máximo de sí en su naturaleza humana, Cristo dejó a su Iglesia (cuerpo místico) el tesoro de la Redención y la humanidad redimida, como miembro del Cuerpo Místico de Cristo (la Iglesia), por gracia de Dios, no es sólo espectadora de la redención, sino que contribuye con algo propio, uniéndose a Cristo en sus sufrimientos y haciéndose partícipe de santificación para muchos con oraciones y penitencias voluntarias. Es esa nuestra contribución a la redención.
Por otro lado, San Bernardo enseña que María cuando pronunció su Fiat lo hizo también en representación de todos nosotros porque Dios esperaba el consentimiento de toda la raza humana de los labios de la Virgen.
Pero en ese Fiat también se hallaba el consentimiento a la cruz y a todo el curso de la redención para toda la raza humana. La Santísima Virgen, la corredentora, nos representaba a todos nosotros, a los que corredimía.
Esto nos ayuda a conocer quizás algo del misterio que encierra el gran dolor de la virgen ante la pérdida de Jesús; un dolor que ni siquiera imaginado podríamos soportar los hombres. Por eso ella, al encontrar a su hijo en el templo, por nosotros, pronuncia ¿por qué nos has hecho así?
Qué profundo dolor, pues nadie como ella, que recibió la profecía de Simeón, conoce, sabe y está dispuesta a llevar a su niño hasta la cruz y con él vivir su propia agonía.
Y nosotros, enceguecidos por las "bondades" del mundo, no hemos aprendido a custodiar la luz del cirio que recibimos en el bautismo; luz de Cristo, luz que nos hace verdaderos hijos de Dios; hemos preferido caminar por senderos donde soplan vientos afanosos de su extinción.
No hemos entendido que el bautismo ha sido, para nosotros, otra navidad, el nacimiento de Cristo en nuestra alma; por tanto, si lo olvidamos, olvidamos que Cristo es el camino, la verdad y la vida.
Olvidamos que sin él nada tenemos ni podemos; olvidamos que un sarmiento extirpado de la vid, muere.
Olvidamos que somos sus miembros.
Sin duda, sufrimos de una amnesia trágica. Así vamos por la vida sin encontrar el rumbo, porque hemos dejado extinguir la llama del bautismo que impregnó claramente en nuestra alma el sentido de verdaderos hijos de Dios: la vida es Cristo y Cristo es la vida. Por tanto, sin Cristo el hombre ha perdido la vida.
Imaginemos la alegría que manifiesta María al encontrar a su hijo, a Dios; sin duda, es ella la madre que motiva a no desfallecer en la búsqueda de quien es el camino, la verdad y la vida.
Una madre que comprende lo que ocurre en los corazones, en las almas, en los hombres cuando pecan y pierden a Cristo; como dicen las letanías "refugio de los pecadores". ¿Comprendemos lo que la Santísima Virgen padeció esos tres días con sus tres noches, buscando a su hijo, buscando a Dios?
Ella lo buscó y lo encontró porque a través de la profecía, ella conocía, sabía y debía vivir una agonía compartida. Ella y su hijo, en ese bendito calvario de redención. Por eso, el ejemplo de la virgen –obligada a buscarle durante tres días y tres noches– debe movernos a imitarla, obligándonos también nosotros a buscar a ese Cristo que por el pecado hemos perdido.
Y como María nos enseña, lo encontraremos en el templo, en el confesionario y en el comulgatorio para que, restituida la gracia al alma, nos olvidemos de nosotros mismos para entregarnos sin medida a la búsqueda incesante hasta encontrarle.
Busquemos a Cristo, somos verdaderos hijos de Dios, podemos resistir al mundo y al demonio con nuestra hambre de Dios, haciendo durante toda nuestra vida lo que hizo María durante tres días y tres noches: buscar a Cristo y transformar el misterio del dolor en un misterio gozoso.
(Fuente: Dios, una mujer y el camino - M. Raymond O.C.S.O)
CLARA MARÍA GONZÁLEZ
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